Adiós a las armas

Junio 18, 2017 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

De todos los hechos que arroja el Proceso de Paz con la Farc, quizás el más contundente es la entrega de armas. Jamás se podrá cuantificar cuánto daño estaban aún en capacidad de producir miles de fierros y explosivos que quedarán esta semana bajo custodia de la ONU.

En cambio, sí sabemos -y lo saben mejor los colombianos que han padecido la guerra- cuánta muerte, cuánta discapacidad, cuánto desplazamiento, cuánta intimidación y cuánto atraso dejaron mientras se hizo uso de ellas, en esa dolorosa página que estamos pasando.

Aunque sería injusto decir que sólo fueron esas armas las que nos han traído tanta desgracia. Las de los demás actores del conflicto pusieron también su cuota fatal, y no poca, incluidas las armas en poder del Estado, cuando se usaron no para defender la Constitución sino en la práctica de alianzas criminales.

Este desarme es uno de los pasos más grandes en la construcción de una nueva sociedad. Como lo serán los que vienen (¿ELN, cuándo?) y como han sido los anteriores. Incluso, con sus más y sus menos. Tengo viva en la memoria la imagen de Carlos Pizarro Leongómez envolviendo en una bandera nacional su pistola 9mm, como señal del basta ya del M-19. Y las de no le jalamos más a la guerra del EPL, el Quintín Lame y la Corriente de Renovación Socialista.

Y hay que valorar de alguna manera el punto y aparte de los ‘paras’, porque no todo fue cartón y papel en la desmovilización de las autodefensas, tal cual pasó con el montaje del tal Cacica Gaitana. Más allá de montajes y nubarrones, también hubo desarme.

Aceptemos que un arma silenciada significa muchas más vidas. Hoy nos hablan de alrededor de 2600 homicidios menos tras los Acuerdos de Paz. Sólo uno ya es bastante. Esos 2600 son una esperanza. Lo que ahora deberíamos preguntarnos es cómo bajar esa otra cifra de 12 mil compatriotas, o más, que, en promedio, pierden la vida por año. Ya no por la guerra con las Farc sino por todas esas formas cotidianas de que la ‘pelona’ se viste para arrancar sus vidas, esa amenaza que nunca nos puede resultar ajena.

Ahora bien, pedir que la gente eche campanas al vuelo por el desarme es desconocer cómo somos. O mejor, en qué nos hemos ido convirtiendo. La vida, lo he dicho aquí una y otra vez, dejó hace rato de ser la principal razón de esta sociedad. Quizás porque esta guerra y todas las que coincidieron con ella, más las que les antecedieron, redujeron el valor de esa vida a cero. Entonces, de lo que terminó tratándose fue de sobrevivir antes que de vivir. Y hay una enorme diferencia entre lo uno y lo otro.

Pero también, pestes como el narcotráfico y la corrupción nos revolcaron ese valor único e irrepetible, el de la existencia. Si lo más importante no es la vida sino la bolsa, pues que sea lo que ha de ser, dijimos, y nos tiramos de cabeza. Y lo más grave, nos seguimos tirando.

Todas esas cosas nublan la razón y causan una miopía asombrosa frente a lo que tenemos a la mano. Si uno se toma el trabajo de sumar menos Farc, menos M-19, menos EPL, menos Quintín Lame, menos CRS, menos paramilitarismo (o al menos esa parte que dejó de existir y no mutó a bandas criminales), menos agentes oficiales al servicio (con sus armas, además) de estructuras criminales, pues deberíamos aceptar que sí hay avances evidentes en un tema concreto, el desarme; y con él, el respeto por la vida.

Eso significa un mejor mundo para millones de colombianos, así no sea todo lo que queremos. Porque la auténtica paz, lo sabemos bien, es mucho más que menos fierros.

Sobrero 1: Urge dar pronto con los autores del criminal atentado en el Centro Andino. ¿Quiénes son y qué pretenden?

Sobrero 2: Hasta siempre Iván Fandiño, ¡torero!

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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