37 mil millones

Agosto 18, 2014 - 12:00 a.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

Sí, 37 mil millones de pesos. Esa es la cantidad de plata que Gustavo Petro destinará a la Plaza de Toros de Santamaría precisamente para que no haya toros en Bogotá, lo que a muchos les puede parecer muy noble. A mí, en cambio, me parece demasiado dinero para saldar un asunto personal, más aún cuando esa plata es no es suya sino de los contribuyentes, a los que sería bueno que el propio alcalde Petro (tan amigo del Estado de opinión) les preguntara si están de acuerdo con esa decisión.Ahora bien, nadie discute que hay gente con carácter visionario, o mejor, progresista. Petro, por ejemplo, quiere convertir la plaza en un centro cultural en el que la gente haga, entre muchas cosas, yoga. No sé un carajo de yoga, pero me parece que sentarse a elevar el espíritu en medio de una multitud no es de lo más recomendable, entre otras vainas porque es probable que a quien le dé por esas -ya sea en la plaza de toros, en Transmilenio o en cualquier esquina decente de Bogotá-, le roben la cartera, el celular o lo que lleva puesto. O le hagan el combo: las tres cosas juntas. Mejor dicho, meditar hoy en un sitio público de Bogotá puede ser un acto espiritual, pero antes que nada es un papayazo. Lo que sí es curioso es que el tema de los toros siga ocupando un lugar tan importante en la agenda del Alcalde ahora que solo faltan dieciséis meses, quince días y algunas horas para que deje al cargo. ¿No bastan problemas como la nula movilidad, la inseguridad, eso que antes se llamaba espacio público y el pandemónium de una urbe que ha sacado corriendo a más de uno, para que el hombre se empeñe en un asunto que, la verdad, interesa a un núcleo tan pequeño?Las razones pueden ser varias. Una, el tal asunto de honor. Es que así como Petro dice ser un hombre de principios, Petro también es un hombre de amores y odios. Aparte, a nadie tanto como a él le cuesta reconocer sus equivocaciones. Es su talante. Hay aquí además un tema que él quiere presentar como de lucha de clases, para que no olvidemos su condición de presunto hombre antisistema. Porque, olvídense, Petro no hace esto de los toros por animalista. Ni adoptar a la perrita Bacatá lo hace animalista. Si de verdad fuese animalista, cerraría todos los mataderos y los criaderos de pollos de la ciudad.Lo otro es que el tema antitaurino encaja perfectamente con una de sus más efectivas estrategias. O mejor, en la que lo mantiene en el poder: la de mostrarse como un perseguido. A Gustavo Petro, dice Gustavo Petro, lo persigue todo el mundo, desde el procurador Ordóñez (quien en realidad lo persigue) hasta ese puñado de novilleros que se ha puesto en huelga de hambre para que les respete sus derechos consignados en la Constitución. Y lo persigue la prensa que investiga a su concuñado. E incluso lo persiguen esos cercanos colaboradores a los que ha echado a la calle por no entenderlo. Y no es paranoia. Es lo dicho: estrategia, efectiva además. Una frase acuñada en estos tiempos es “pobre Petro”. A él le gusta, le sirve y le encanta que lo traten y lo vean así.Por ahora, el Alcalde gana la apuesta de los 37 mil millones de pesos. Pero si la Corte Constitucional se pronuncia en contra de su decisión de cerrar las puertas de la Santamaría a los toros, la torta se va a voltear. Vendrá entonces una nueva pataleta (lo anticipo), con amenazas de renuncia y apelación ante algún tribunal internacional, junto a toda esa demagogia a la que nos tiene acostumbrados. Ah, y demandas millonarias por sus abusos, que no se pagarán, claro está, con la fortuna de su concuñado, el contratista, pero sí con la plata nuestra, la de los contribuyentes.

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