#YoTambién

#YoTambién

Octubre 23, 2017 - 11:45 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

Súbitamente, gracias a la valentía de Roman Farrow, el único hijo de Mía Farrow y Woody Allen, el mundo se enteró de lo que era un secreto a voces: uno de los más exitosos productores de Hollywood, Harvey Weinstein, es también un enfermo sexual que ha estado por años tocando y abusando de las que tenía en la mira para convertir en estrellas. Y, entonces, esas estrellas en potencia, se dejaban, callaban o guardaban silencio. Me pregunto cuántas no lograron llegar lejos en sus carreras tras negársele al depredador. A cuántas les ha pasado lo mismo en nuestra cara.

Roman Farrow creció en medio de la disputa legal entre su mamá y el talentoso cineasta cuando Allen decidió dejar el hogar para casarse con una de las hijas adoptivas de Farrow. Su carrera quedó como su familia: tremendamente golpeada. Hasta que Weinstein apareció y lo resucitó. Al hijo jamás se le olvidó y durante un año se dedicó a investigar los comportamientos sexuales del productor y terminó publicando en el magnífico The New Yorker, el artículo que le ha dado la vuelta al mundo.

La historia tiene una arista más: otra de las hijas de Farrow ha jurado por años que el padrastro, Woody Allen, abusó de ella cuando era niña. Roman -de quien Mía Farrow alguna vez insinuó que es hijo de Frank Sinatra- le cree a su hermanastra y ha prometido no permitir que estos episodios sigan ocurriendo. Toda una telenovela que sería un gran guion de Allen si no fuera porque hace parte de nuestra vida cotidiana.

Me ha sorprendido lo impactados que están algunos de mis amigos con la historia de Weinstein y de tantas, tantísimas mujeres abusadas. Creían que eran episodios aislados, de mujeres maltrechas o de aquellas que creen que sólo abriendo las piernas se abren puertas. No, señores. Ocurre en nuestras oficinas, con nuestra gente alrededor. Y tal vez lo único que tenga de positivo este episodio es esa exposición para que nosotras dejemos de callar y ellos de abusar.

Debo decir que a mí jamás me ha pasado. Nunca nadie me ha tocado donde no he querido. Pero a raíz de este episodio he conocido historias infinitamente dolorosas de mujeres muy cercanas que, como las víctimas de Weinstein, guardaron silencio.

Tengo la sensación de que el mundo estuvo construido así. Pero es hora de cambiarlo y por eso me paso horas explicándoles a mis hijas que nadie jamás puede obligarlas a algo que no quieren, que los sueños se construyen trabajando y que la vida se entiende estudiando. Esto, con la esperanza de no verlas jamás recibiendo un premio mientras dan las gracias al tipo que alguna vez las abusó. Como hizo Gwyneth Paltrow en 1998 cuando se ganó el Óscar por una película producida por Weinstein. “Gracias Harvey”, dijo.

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