Terror

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El fin de semana volvimos a sentir el terror en Bogotá. Y con él, otro terror que caracteriza, desgraciadamente, a nuestro maltrecha sociedad: el de tanto político y personaje oportunista e inconsciente tratando de sacar algún provecho de semejante desgracia, como si con la tragedia alguien pudiera beneficiarse.

Terror

Junio 19, 2017 - 11:45 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

El fin de semana volvimos a sentir el terror en Bogotá. Y con él, otro terror que caracteriza, desgraciadamente, a nuestro maltrecha sociedad: el de tanto político y personaje oportunista e inconsciente tratando de sacar algún provecho de semejante desgracia, como si con la tragedia alguien pudiera beneficiarse. Espantoso.

Espantoso fue ver cómo tras la explosión, de la forma más irresponsable posible, llegaron las culpas en las redes sociales, los señalamientos desacertados, los trinos incendiarios, los mensajes sobre cómo votar el año entrante. ¡Cosa tan horrible! La violencia pone y quita votos, cierto, pero aprovechar semejante tragedia para sumarse adeptos es de verdad despreciable.

Al cierre de esta edición no sabemos quién o quiénes pusieron esa bomba. Tanto las Farc como el ELN han negado su autoría y, entonces, nos quedamos con una investigación que señala a unos antisociales no definidos aún. Hay que esperar a que Fiscalía y Policía entreguen respuestas. Y mientras tanto, lo ideal sería una sociedad unida rechazando al unísono lo sucedido, recuperándose del miedo y del dolor. Como lo hemos visto con tanto coraje en los franceses y los ingleses, por ejemplo, unidos, abrazándose como nación, diciendo no más. Porque con el dolor nadie gana.

O tal vez sí, y estoy equivocada: ganan aquellos que aprovechan estas tragedias para incendiar aun más el país, aquellos que no reconocen que hace mucho dejamos de registrar masacres y atentados como en el pasado; esos que no son capaces de entender lo que significa que una guerrilla esté desarmándose y piden mano dura y no se qué cosas más, desde la comodidad de sus casas y clubes. Porque, claro, pedir guerra con los hijos de otras madres y por allá bien lejos, es fácil. Lo duro es cuando la violencia se posa un sábado a las 5:oo p.m. en el centro comercial de los fines de semana.

A los colombianos se nos había olvidado el terrorismo de los atentados en la mitad de las ciudades. El Proceso de Paz, con todo y las críticas que despierta y los retos que aun tiene, nos ha permitido un país distinto. La guerra se mide en cifras: en el Hospital Militar de Bogotá hoy ya no hay heridos de combate. Otrora llegaban mil o más al año. Ese es un tremendo medidor de cómo nuestro país, a regañadientes y con unos retos tremendos, ha ido poco a poco dejando atrás los fusiles de aquella guerra desgraciada con la que tantos crecimos.

Lo del Andino nos revivió ese terror que se nos había olvidado. Y debe ser una oportunidad para convertir la tristeza y el miedo en la unidad que tanto nos falta para rechazar no sólo la violencia sino también a los indeseables que la aprovechan.

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