Petro

Petro

Febrero 26, 2018 - 11:45 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

Gustavo Petro conoció el arte de llevar la contraria desde muy joven. Comenzó a militar en el M-19 a los 17 años y desde entonces se ha parado en la esquina opuesta del establecimiento. Desarrolló el don de la paciencia y entendió que la oposición juiciosa se traduce en votos también juiciosos.

El país conoció las desgracias de la parapolítica de la voz de ese senador que devolvía cuanto regalo le mandaban. El mismo que destapó la intrincada telaraña política y empresarial del carrusel de la contratación en Bogotá y llegó a la alcaldía de la capital en 2012, siendo detestable para el poder tradicional.

Es frío, arrogante y hábil. Conoce el arte de hacer oposición sin propuestas necesariamente geniales. Pero es muy astuto y por eso desde la Alcaldía desplegó una ambiciosa plataforma política a punta de contratación excesiva y de hablarle al oído a los eternamente ignorados, desde donde hoy mira al Palacio de Nariño.

Petro llevó cine, teatro, duchas, agua gratis y guarderías infantiles -muchas improvisadas- a miles de bogotanos a los que históricamente les hacían promesas incumplidas en tiempos electorales. Ellos se han encargado de multiplicar su apoyo. No es difícil que su discurso cale en un país en el que los excluidos no han tenido voz o han sido silenciados. La reforma tributaria les puso paños de agua tibia a las calificadoras internacionales pero dejó sin sencillo a los que mercan. Petro ha capitalizado -raro usar esa palabra con él- semejante descontento.

La economía está pavimentando su triunfo. Pero los políticos tradicionales pusieron el cemento hace rato. Los Ñoños, Musas y secuaces se volvieron ídolos regionales ante la mirada cómplice de los poderosos que los avalaron y les permitieron robar lo que tocara a cambio de votos para el Plebiscito, la segunda vuelta electoral o la aprobación de leyes en el Congreso.

Y los de la oposición se dedicaron a acabar con la dignidad del establecimiento, despotricando del Gobierno, del proceso de paz, la justicia, de todo. Les faltó sensatez para dejar Gobernar y se metieron en una pelea cuya principal consecuencia es el desprestigio de las instituciones democráticas.

Unos y otros, hoy tan aterrados y asustados con el crecimiento de Petro, deberían asumir su responsabilidad y revisar las estrategias políticas que tantos triunfos pasajeros les han dado pero tanto daño le han hecho al país.

La gente, en general, está furiosa. Exige cambios. Es un asunto global que se ha manifestado en el triunfo de Trump y del Brexit y del que Colombia no es ajena. Petro dice encarnar ese cambio. Llena plazas de entusiastas desinteresados, a diferencia de otros candidatos que tienen que prometer y pagar para masificar sus eventos. Con un peligroso discurso de división social, es el único candidato que está despertando esa euforia de los pueblos cuando buscan un cambio de tuerca en su historia.

Seguramente pasará a la segunda vuelta y si no gana es porque darán resultado los ruegos para que las maquinarias funcionen. Pero mientras los políticos tradicionales sigan gobernando para sus bolsillos y despotricar de las instituciones siga siendo la estrategia de tantos, su triunfo podrá ser aplazado, pero hablaremos de lo mismo en cuatro años.

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