Inmigrantes

Noviembre 08, 2016 - 12:00 a.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

Fui mesera, ilegal e indocumentada en Estados Unidos. Me ganaba entre U$100 y U$150 diarios y eso me permitía vivir cómodamente. Fue una época maravillosa que cambió radicalmente cuando Julio Sánchez Cristo me propuso ser corresponsal de La W en Washington D.C. y luego me pidieron que cubriera la visita de Álvaro Uribe a George W. Bush en agosto del 2005 para Noticias Caracol. Me quité el delantal y nunca más volví a oler a aceite frito ni a servir margaritas a cambio de propinas. Mi vida cambió. Pero no la de Leo, Luis, Mauricio, Don Carlos y tantos otros que me decían con cariño ‘La Chapina’ -como se le llama a las indocumentadas centroamericanas- y me cubrían la espalda cuando en lugar de unas fajitas yo, tan despistada siempre, servía unos nachos. Leo llevaba 24 años trabajando en Estados Unidos. Se pasaba horas contándome del precipicio que sobrevivió en su cruce ilegal de la frontera, mientras veía cómo la vida de algunos de sus compañeros de viaje terminaba metros abajo. Luis, un salvadoreño, estuvo encerrado cinco días en un tanque para transportar gasolina, con otras 20 o 30 personas adentro, sus necesidades y sus olores, atravesando México para, también, llegar a Estados Unidos. Ellos me enseñaron a ser mesera y a ver el mundo con ojos de lucha y constancia mientras recordaban a otros que murieron ahogados en el río Bravo, devorados por animales salvajes o derretidos en el desierto. Me hablaban con repudio de los estadounidenses que cazaban a los inmigrantes como animales disparando desde sus ranchos en Arizona o Texas. Tantas historias que luego, como reportera, conté desde Nogales, Juárez, El Paso y otras ciudades fronterizas. A ellos la vida no les cambió. Casi todos siguen trabajando, siguen siendo indocumentados y siguen haciendo su sueño americano que en realidad no es para el que se va a Estados Unidos sino para los hijos que nacen allá. Y para los familiares que se quedan y reciben remesas. Ahora estoy sentada en un café neoyorkino cubriendo estas elecciones, recordando que hace 8 años estaba en Chicago en medio de esa magnífica inspiración que trajo Barack Obama al mundo y veía cómo esta nación tan poderosa cerraba esa brecha infame de la segregación racial que tanto marcó su historia y, por consiguiente, la del hemisferio occidental. Hoy veo, aterrada, cómo ese mismo país podría llevar a la Casa Blanca a un tipo aclamado por el Ku Kux Clan, que ha maltratado mujeres y que enredó el pago de sus impuestos durante 18 años y a nadie parece importarle. Trump tal vez gane la presidencia porque -entre otras- en este mundo machista no le perdonan a Hillary Clinton haberse dejado poner los cachos de su marido, pero si le perdonan al marido haberle puesto los cachos a ella. Y en medio de estas elecciones tan agresivas e impredecibles se está pasando por alto el hecho importantísimo de que una mujer llegue a la presidencia de esta nación. Termino esta columna con la nostalgia de aquellos años en que este país me abrió también a mí sus puertas y con la amarga sensación de que si Donald Trump gana las elecciones, tal vez deporte a tantos que han construido la vida aquí a punta de sueños, como mis amigos meseros.

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