El año de la corrupción

El año de la corrupción

Diciembre 18, 2017 - 11:45 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

El 2017 será recordado por ser el año de la corrupción en Colombia. Es decir, por ser el año en el que los colombianos nos aterramos al comprender que al país de verdad se lo han robado. Se descararon todos: los que se lucraron con la plata malsana de Odebrecht y los congresistas que recibieron mermelada de un Gobierno siempre azarado por sacar adelante el proceso de paz con una oposición tan férrea como no se había visto, respirándole en la nuca. Y, como la mermelada se acabó a menos de un año del cambio de Gobierno, sin siquiera sonrojarse los legisladores enredaron las leyes de la paz en el Congreso y, lo peor, dejaron sin curules a las 16 víctimas que iban a tenerlas.

Quedaron entonces por cuenta de los diálogos de Cuba, los victimarios con sus curules y las víctimas sin participación política. Así de descarnado es el Congreso.

El Procurador dijo a comienzos de año que el silencio de la guerra nos permitiría enterarnos de las dimensiones de la corrupción. Y sí, así ha sido: cada día un escándalo peor y una condena inaudita. ¿Qué tal la comodidad para el viceministro Gabriel García Morales? Recibió $20.000 millones en coimas de Odebrecht y lo condenaron a cinco años de cárcel y a la devolución de 65 millones. Es decir, al mejor estilo de los de Interbolsa, terminará riquísimo y, muy pronto, libre.

Mientras tanto, hay una clase trabajadora incansable que no roba, madruga, paga impuestos y la plata no le alcanza. El 2017 fue un año duro para el bolsillo, de mercado caro, de muchos ladrones robándose la plata de la gente decente y, sobretodo, de un Estado incapaz de frenar esa desangrada del bolsillo tan injusta y peligrosa.

En los 80, generaciones enteras aprendieron que ser mafioso era válido: la cultura de la plata fácil se incrustó en la colombianidad. Sólo hasta que las élites bogotanas comenzaron a pagar con sus muertos las riquezas de los mafiosos, el Estado se paró implacable para frenar la sangre y -en lo que pudo- la mafia de grandes capos.

¿Qué se necesita para que también se pare implacable contra la corrupción y rompa esa desgraciada secuencia de permisividad? Las generaciones de ahora están aprendiendo que ser corrupto no tiene implicaciones reales: un par de años de cárcel y listo. Plata y libertad para gozarla. Eso, si queremos futuro, hay que cambiarlo.

PD: escribo esta columna en Buenaventura a dónde vine a entregar regalos con el Canal Caracol. Como siempre, me voy con el corazón arrugado y la misma inquietud: ¿Cómo es posible que Cali, su dirigencia y empresariado, hayan crecido dándole la espalda a este mar, a esta gente y a este puerto? El 2017 fue un gran año para la sociedad Portuaria que movilizó un millón de contenedores y es uno de los principales diez puertos de América Latina. Lástima que aun así, el 80% de los habitantes viva en pobreza y el desempleo supere el 65%.

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