¿Buena ventura?

¿Buena ventura?

Mayo 22, 2017 - 11:55 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

El abandono de Buenaventura no es nuevo: al empresariado caleño nunca le pareció importante desarrollar el puerto, ni fortalecer su turismo ni acercarse a sus negras playas de ese pacífico contundente y agresivo, lleno de ballenas por allá en septiembre y de manglares magníficos todo el año. ¿En cuántas casas caleñas se come piangüa? ¿En cuántas se toma arrechón? Que levante la mano el que le ha interesado llevar a sus hijos o nietos a La Barra, o a conocer la única playa blanca que hay cerca de Buenaventura. Si mucho, una paseada exótica por San Cipriano para satisfacer un espíritu aventurero.

El respeto y el cariño por Buenaventura pasa por ese desconocimiento que desde la infancia tenemos los caleños, de la belleza e importancia que el Pacífico representa. Con un mar de tales dimensiones a dos horas de la casa, todos debimos crecer con el corazón pegado a Buenaventura. Pero no, el puerto siempre fue una tierra por allá distante y exótica. ¿A quién se le ocurriría ir a Juanchaco o Ladrilleros si estaban Cartagena y San Andrés? Y así, Buenaventura se fue rompiendo en esa mezcla espantosa de corrupción, mafia y abandono, ante los ojos de un país, pero sobretodo, de una caleñidad mezquina incapaz de fascinarse con la riqueza de la cultura negra.

Bello puerto del mar mi Buenaventura, dice la canción del maquinista trovador del Ferrocarril del Pacífico, Petronio Álvarez. Ni es bello ni lo sentimos nuestro, de lo contrario lo cuidaríamos y lo tendríamos verdaderamente bello. En cambio, está paralizado, sumido en la tragedia, el abandono, la basura, la desidia. Los peores males del país se juntan en el puerto más importante sobre el Pacífico colombiano, a 120 kilómetros de Cali, rodeado de algunos de los paisajes más hermosos que existen y en medio de uno de los abandonos más evidentes.

En Buenaventura no hay agua potable, ni un hospital decente; la tasa de desempleo llega al 60% y la pobreza golpea despiadada al 80% de la población. Las calles huelen a abandono, a pescado podrido, a crimen. Los jóvenes andan descalzos por ahí mirando cómo perder el tiempo mientras le hacen el quite a esa delincuencia galopante que les respira en la nuca.

El Gobierno Nacional se vanagloria de haber comenzado hace tres años un plan para atender la crisis social. Aseguran que la tasa de homicidios se ha reducido en un 70% desde el 2013 hasta hoy. Han prometido entregar el nuevo hospital en septiembre y un acueducto decente por esa misma fecha. Muchas promesas por cumplir. Mientras tanto, los caleños seguimos con esa deuda histórica que tiene sabor a mar y marisco y suena a tambor y marimba.

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