¡Ay! Amores….

Febrero 27, 2017 - 11:55 p.m. Por: Vanessa De La Torre Sanclemente

Hay amores que inspiran, como el de Gala y Picasso. Otros que matan como el de Marilyn y Kennedy. Y muy pocos que zarandean la vida como el de Frida y Trotsky. La suya es una historia más que de amor, de complicidad, pasión y compasión. La historia de dos valientes que se encontraron cuando el líder de la revolución rusa León Trostky se fue a vivir en el exilio a México, huyendo de Stalin que había prometido acabarlo como fuera. Después de que lo echaran de París y lo repudiaran en media Europa, llegó con su esposa, Natalia, bella, comprensiva y discreta como las esposas ideales, a vivir en la casa que la tan atormentada y fabulosa Frida Kahlo tenía con su esposo, el tan desgraciado como fascinante Diego Rivera.

Ellos dos, Frida y Diego, personifican el matrimonio en su más degradada faceta: maltratos sicológicos que son peores que los físicos, infidelidades de toda índole, carencia de miradas habladoras; un amor tibio y mesurado lejano de aquellas conversaciones que Frida encontró en Trostky.

Editorial Planeta acaba de publicar su historia en un libro que es, sobre todo, una oda a la valentía que se requiere para amar. Ella, enérgica y enferma al mismo tiempo; celosa, voluntariosa y provocadora, se negó toda su vida al dolor y convirtió cada instante en una razón para reír a carcajadas y tomar tequila. Sus amantes fueron una excusa para la placidez que su marido maltratador le negaba. Así terminó en Nueva York en 1938 en manos del fotógrafo Nick Murray, célebre autor de muchos de sus más icónicos retratos: vestida de mexicana, con sus labios rojos y sus flores en la cabeza. Frida, preciosa e imponente, un tanto maga, un tanto bruja pero sobretodo infinitamente mujer.

Su amor enfermizo por Diego Rivera fue una necesidad: para poder pintar, para poder soñar, para mejorarse y ser competitiva frente a las miles de muchachitas que se le pavoneaban al marido tentado. Pero su amor por Trotsky fue tan fabuloso como ella. Se lo llevaba a escondidas a parajes fantásticos donde podía amarlo sin pudor. Él, preso de la persecución política y de la fama, encontró en el México de Frida una excusa para no dejarse morir. Por lo menos mientras les duró el amor. O el deseo, que tanto se parecen.

Se miraban, se reían, se olían y se admiraban. Si podían se entregaban a faenas majestuosas de pasión y arrebato. Si no, no importaba. Era ese tipo de fascinación que cuando llega toca retenerlo como el aliento debajo del agua. Y, si termina, no importa. Porque se vivió. Y eso ya es suficiente.

Frida sacó a relucir el lado más dulce de un Trotsky derrotado. Logró, a punta de risas e inteligencia, que pensara en ella mientras conciliaba el sueño. Fue una revolucionaria de su época, una mujer que le hizo el quite a la tristeza y que más de medio siglo después de su muerte nos recuerda a través de las letras del autor Gerard de Cortanze, que la vida es ya, es aquí y es ahora. Y que sin pasión nada, absolutamente nada, tiene sentido.

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