Por qué odiamos

Enero 14, 2012 - 12:00 a.m. Por: Umberto Eco

En años recientes he escrito acerca de racismo, la construcción psicológica del enemigo y la función política de expresar odio hacia el ‘otro’ o desprecio por el concepto de diversidad. Pensaba que ya lo había dicho todo, pero en una conversación con Thomas Stauder emergieron nuevos puntos. Esta fue una de esas discusiones después de las cuales uno no puede recordar quién dijo qué, pero nuestras conclusiones coincidieron. La gente tiende, con una tontería más bien presocrática, a ver el amor y el odio como alternativas necesarias y simétricas entre sí. Si no amamos algo debemos odiarlo, y viceversa. Obviamente hay un número infinito de matices entre ambos polos. Incluso si empleamos metafísicamente los términos, el hecho de que yo amo las pizzas no quiere decir que odie el sushi. El hecho de que ame a alguien no significa que odie a los demás; lo opuesto del amor podría ser la indiferencia. Yo amo a mis hijos y soy indiferente al taxista que me recogió hace un par de horas. Pero el punto real es que algunos tipos de amor son aislantes, exclusivos. Si estoy enamorado de una mujer, espero que ella me ame a mí y no a otros (al menos, no en la misma forma). Igual, una madre siente un amor apasionado por sus hijos y desea que ellos la amen en una forma especial, y nunca se sentiría obligada a amar a los hijos de otros con la misma intensidad. El amor en su propia forma es egoísta, selectivo y posesivo. Y está el mandamiento que nos dice que ‘amemos’ a nuestros vecinos -a 7 mil millones de ellos- como nos amamos a nosotros mismos. En la práctica nos exhorta a no odiar a nadie; no espera que amemos a un desconocido como amamos a padres o nietos. Yo amo a mi nieto más que a un cazador de focas a quien nunca he conocido. Esto no quiere decir que no me importaría nada si un hombre al otro lado del mundo pereciera, pero siempre me conmoverá más la muerte de mi abuela que la de un extraño. El odio, por otra parte, puede ser colectivo; de hecho, bajo regímenes colectivos en particular, debe ser colectivo. Cuando yo era niño, el Partido Fascista me pidió que odiara a todos los hijos de Albión, y cada noche, Mario Appelius recitaba por la radio su ritual “Que Dios maldiga a los ingleses”. Eso es lo que dictadores y populistas desean -y algunos fundamentalistas religiosos- porque el odio hacia un enemigo común une a la gente. El amor calienta el corazón hacia unas cuantas personas selectas; el odio calienta los corazones de todos los que están en tu bando, y puede movilizar a un grupo a discriminar a millones de seres: una nación, un grupo étnico, personas de piel diferente a la tuya o gente que habla un idioma diferente. Un italiano racista puede odiar a todos los albanos o rumanos o gitanos. Umberto Bossi, líder del Partido de la Liga del Norte en Italia, odia a todos los italianos del sur (y, dado que su salario es pagado parcialmente con impuestos de los sureños, se trata de una obra de malevolencia, al unir el odio con el placer de añadir insulto a la herida).El odio, en consecuencia, no es individualista sino generoso e inclusivo. Sólo en las novelas se nos dice que es hermoso morir por amor; y usualmente el héroe más digno de ser emulado es aquel que encuentra su fin al derrotar al villano -el odiado enemigo. La historia de nuestra especie ha estado marcada más por el odio, las guerras y las matanzas que por actos de amor, que son inherentemente menos cómodos y bastante fatigosos si se extienden más allá del círculo inmediato de nuestro egoísmo. Nuestra atracción por los deleites del odio es tan natural que los líderes manipuladores no tienen el menor problema para cultivarlo; mientras tanto, en ocasiones parece que somos alentados a amar sólo por personajes ficticios nada atractivos que tienen el hábito desconcertante de besar a leprosos.

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