El canon de la mañana

El canon de la mañana

Diciembre 19, 2010 - 12:00 a.m. Por: Umberto Eco

‘The Western Canon’ de Harold Bloom define el canon literario como “la selección de libros en nuestras instituciones educativas” y sugiere que la verdadera pregunta a que da lugar es: “¿Qué debe intentar leer el individuo que todavía desea leer, en esta etapa tan avanzada de la historia?”. Y señala que, en el mejor de los casos, en un solo lapso de vida es posible leer sólo una pequeña fracción del gran número de escritores que vivieron y trabajaron en Europa y el Continente Americano, sin considerar otras partes del mundo. Aún si nos apegamos sólo a la tradición occidental, ¿qué libros debería leer la gente? No hay duda que la sociedad y cultura occidentales han sido influidas por Shakespeare, ‘La Divina Comedia’ de Dante, Homero, Virgilio y Sófocles. Pero, ¿somos influidos por ellos porque realmente los hemos leído de primera mano? Esto me trae a la mente el argumento de Pierre Bayard en ‘Cómo hablar sobre los libros que no ha leído’, de que no es esencial leer un libro de principio a fin para comprender su gran importancia. Es evidente actualmente, por ejemplo, que la Biblia ha tenido una profunda influencia tanto en la cultura judía como en la cristiana en Occidente, e incluso sobre la cultura de los no creyentes; pero esto no significa que todos los que hayan sido influidos por ella la hayan leído de principio a fin. Lo mismo puede decirse de las obras de Shakespeare o James Joyce. Para ser una persona culta, o un buen cristiano, ¿es necesario haber leído el Libro de los Reyes o el Libro de los Números? ¿Es necesario haber leído el Eclesiastés, o es suficiente saber qué condena la ‘vanidad de las vanidades’? Lo siguiente es que el interrogante del canon no se homologa con el de los programas de estudios, que representan el conjunto de obras que un estudiante debe haber leído al culminar sus estudios. Hoy en día el problema es más complicado que nunca antes, y durante una reciente conferencia literaria internacional en Mónaco, hubo un debate sobre el lugar del canon en la era de la globalización. Si las ropas de diseñador ‘europeas’ se producen en China, si usamos computadoras y autos japoneses, si incluso en Nápoles comen hamburguesas en lugar de pizzas -si, en suma, el mundo se ha contraído a dimensiones provinciales, con estudiantes inmigrantes en todo el mundo que piden se les enseñen sus propias tradiciones- entonces, ¿cómo luciría el nuevo canon? En ciertas universidades estadounidenses la respuesta ha surgido en la forma de un movimiento que, en vez de ser ‘políticamente correcto’, es políticamente tonto. Ya que tenemos muchos estudiantes negros, han sugerido, enseñémosles menos a Shakespeare y más literatura africana. Un chiste fino a costa de todos esos chicos destinados a salir al mundo sin comprender las referencias literarias universales como el soliloquio de “ser o no ser” de Hamlet; y por tanto condenados a seguir al margen de la cultura dominante. Si acaso, el canon existente debería ser ampliado, no desplazado. Como se ha sugerido en Italia en relación con las lecciones de religión en la escuela, los estudiantes deben aprender algo sobre el Corán y las doctrinas del budismo, así como los Evangelios. Asimismo, no sería mala idea si, además de sus lecciones sobre la civilización griega antigua, los estudiantes aprendieran algo sobre las grandiosas tradiciones literarias árabe, india y japonesa. Hace poco fui a París a participar en una conferencia a la que asistieron intelectuales europeos y chinos. Fue humillante ver cómo nuestros colegas chinos conocían todo sobre Emmanuel Kant y Marcel Proust, sugiriendo paralelos (fuera correctos o erróneos) entre Lao Tzu y Friedrich Nietzsche, mientras la mayoría de los europeos entre nosotros apenas podían ir más allá de Confucio, y a menudo sólo en base al análisis de segunda mano. Hoy, sin embargo, este ideal ecuménico se enfrenta con ciertas dificultades. Se puede enseñar a los occidentales jóvenes ‘La Ilíada’ porque han oído algo sobre Héctor y Agamenón, y sus conocimientos rudimentarios de la cultura incluyen expresiones como “el juicio de Paris” y “talón de Aquiles” (aunque en un reciente examen de admisión de una universidad italiana, un solicitante pensó que el término “talón de Aquiles” se refería a una enfermedad, como la rodilla de mucama o el codo del tenista). Sin embargo, ¿cómo se les puede interesar en el poema épico en sánscrito de ‘El Mahabharata’, o los poemas en ‘El Rubaiyat de Omar Khayyam’ de tal forma que persistan en su memoria? ¿Realmente podemos adecuar la educación al mundo globalizado cuando la mayoría de los occidentales cultos no tienen idea de que, para los georgianos, uno de los mayores poemas en la historia literaria es ‘El caballero de la piel de pantera’ de Shota Rustaveli? ¿Cuando los eruditos ni siquiera pueden ponerse de acuerdo sobre si, en la versión georgiana original, el caballero del poema está usando de hecho una piel de pantera, y no una de tigre o una de leopardo? ¿Siquiera llegaremos tan lejos, o debemos seguir preguntando simplemente?: “¿Shota qué?”.

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