Athanasius Kircher y la piedra filosofal

Athanasius Kircher y la piedra filosofal

Noviembre 13, 2011 - 12:00 a.m. Por: Umberto Eco

Este verano, el editor italiano Forni publicó una segunda edición anastática –un tipo de impresión en relieve– de ‘Los volcanes: O montañas ardientes que vomitan fuego, famosos en el mundo’, por Athanasius Kircher. Esta reimpresión del libro, conocido en su título original en latín, 'Mundus Subterraneus’, está basado en la tercera y más completa edición, de 1678. Otra edición apareció hace algunos años con ocasión de una conferencia internacional de geología, y el hecho de que ahora haya vuelto a imprimirse nos dice lo interesante que es este libro tanto para los amantes de lo maravilloso –gracias a sus grabados de monstruos y llamas subterráneas– como para los especialistas que lo consideran una de las primeras contribuciones científicas a la vulcanología.Hoy en día, Kircher es más renombrado por sus errores científicos que sus descubrimientos. Pero ‘Mundus Subterraneus’ es quizá la obra en que mejor quedan reveladas sus habilidades como observador. El libro fue tomado muy en serio en la época de Kircher: antes de que la primera edición fuera publicada en 1664, Henry Oldenburg, secretario de la Real Sociedad de Londres, escribió acerca de él al autor Robert Boyle; y el filósofo Baruch Spinoza envió un ejemplar al físico Christian Huygens.Kircher es fiel a su estilo en esta obra: con una sed voraz e insaciable de conocimiento, nos habla de la Luna y el Sol: las mareas; corrientes marítimas; eclipses, aguas y fuegos subterráneos; ríos; lagos y afluentes del Nilo; las salinas y las minas; fósiles; metales; insectos y hierbas; destilación; pirotecnia; generación espontánea y su teoría opuesta, panspermia. Pero con la misma seguridad en sí mismo también nos escribe y nos muestra imágenes de dragones y gigantes. Por supuesto, muchos ilustres naturalistas, desde Ulisse Aldrovandi en el Siglo XVI hasta George Johnston en el Siglo XIX, no podían dejar de lado los dragones; además, Kircher muestra que algo sabía de iguanas, y si usted alguna vez ha visto una iguana comprenderá cómo es posible tomar en serio la noción de los dragones.De todos los tópicos tratados en ‘Mundus Subterraneus’ hay uno en particular que quisiera discutir por su importancia en la historia de la cultura. En el Libro 11, Kircher decidió tratar la alquimia. Primero, se dedicó a releer la totalidad del canon alquémico, desde las fuentes antiguas. Empezó con el casi mítico Hermes Trismegistus, de la Alejandría del Siglo IV a.C., pero no pasa por alto las fuentes cópticas, judías o árabes; luego saltó a los alquimistas del Siglo XIII, como Arnaldo di Villanova y Roger Bacon, y el monje Basil Valentine del Siglo XV. A continuación, Kircher colocó varios tipos de hornos en su laboratorio, reunió varias recetas alquémicas de siglos de antigüedad, las puso a prueba y las sometió a críticas. Resulta evidente que en el proceso de probar (y volver a probar) estos principios tradicionales, acogió a un gran número de tipos dudosos en su laboratorio para que le enseñaran cómo usar los diversos artefactos.Kircher examinó estos procedimientos alquémicos como parte de un intento de identificar cuáles principios podían ser explicados mediante la lógica – sin apoyarse en ninguna hipótesis acerca de la Piedra Filosofal. En el proceso trazó una diferencia entre la gente que creía que la trasmutación alquémica era imposible, pero continuaba sus investigaciones químicas por otras razones, y los granujas que empleaban la alquimia para vender imitaciones de oro y plata. Esto no era poca cosa en los tiempos de Kircher. De hecho, se colocó en el bando opuesto del debate respecto de Paracelso, el legendario alquimista y médico suizo del Siglo XVI que creía vehementemente en la existencia de la Piedra Filosofal; y atacó a otras autoridades reconocidas en alquimia de los Siglos XVI y XVII como Michael Sendivogius y Robert Fludd, asestando un exorcista golpe de sable contra la tradición de los Rosacruces que había estado seduciendo a buena parte de Europa durante unos 40 años. Kircher, por supuesto, era jesuita, alineado con la cultura de la contra-reforma opuesta a la tradición protestante de la que habían emergido los manifiestos rosacruces.Tomando todo en cuenta, sin embargo, es notable pensar que a mediados del Siglo XVII Kircher estaba luchando por una visión más racional y experimental de la química del futuro –pese a que no podía haber sabido que la tradición alquímica continuaría hasta estos días. (Y sin duda continúa hasta hoy: para prueba, todo lo que tiene que hacer es visitar cualquier librería que ofrezca basura seudo-hermética).Es difícil clasificar a Kircher, cuya vida entera fue una mezcla de narrativa irreprimible y algunas nociones reveladoras que fueron, si no totalmente correctas, sí casi correctas. Personaje barroco si los hay, fascinó generalmente a los surrealistas más que a los científicos. Así pues, me parece acertado que su obra haya sido conmemorada por la comunidad científica.

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