Un secreto literario

Un secreto literario

Febrero 27, 2018 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Uno de mis viajes más memorables del año pasado fue a Montevideo, atendiendo una invitación para participar en su Feria del Libro, lo que me permitió al fin conocer esa ciudad a orillas del río, lugar asombrosamente ordenado y limpio en comparación con las demás urbes latinoamericanas que conozco.

Cito como ejemplo su plaza central, el equivalente de la Plaza de Cayzedo, la cual me dejó con la boca abierta: no hay comercio informal, no hay un papel tirado en las baldosas, ni mendigos pidiendo, ni jóvenes desamparados chupando pegante. Todo lo contrario: lo que vi fue universitarios recostados en el pasto -un pasto muy verde, por cierto-, gente leyendo el periódico o conversando, gente leyendo libros. Los uruguayos tienen fama de buenos lectores. De hecho, otra de las cosas que me sedujo fueron sus librerías, extraordinarias, repletas de sorpresas y hallazgos.

Pero lo mejor de aquella Feria fue haber encontrado al fin la obra del novelista uruguayo Mario Levrero. Había encontrado su nombre en artículos sobre narrativa latinoamericana, pero jamás había visto sus libros. Al menos acá en Colombia, Levrero era una especie de secreto entre iniciados. Lo mismo en España, donde sus libros no se publican. Lo curioso es que su editor uruguayo es nada menos que Random House, o sea que tampoco es que sea un completo desconocido. En Montevideo compré todo lo que pude conseguir. Y no fue poco. Un solo libro, La trilogía involuntaria, incluye sus tres primeras novelas: La ciudad, El lugarParís, de 1970, 1980 y 1982. Y tres títulos más recientes: El discurso vacío (1996), Dejen todo en mis manos (1998), y La novela luminosa (2005), publicada póstumamente, pues Levrero murió en el 2004. Busqué, pero estaba transitoriamente agotado, La máquina de pensar en Gladys, uno de los títulos más bellos que existen.

En estos días comencé con sus primeros libros, La trilogía involuntaria, y comprendí por qué es considerado un autor de culto. Su escritura es implacable y, diría, casi desnuda, sin efectos de ningún tipo. Una especie de Juan Rulfo, pero sin tristeza. Sin injusticia. Las cosas están ahí y suceden porque sí, no por maldad de nadie. Un mundo desprovisto de motivos en el que unos pocos seres humanos, muy pocos, deambulan algo perdidos, con una gota de candor o de inocencia que hace que uno quiera seguir leyendo, al lado de ellos, para ver qué más situaciones extrañas deberán enfrentar.

La otra referencia obligada es Kafka, claro, si obviamos de nuevo la injusticia. Un mundo en el que las cosas más extrañas pueden suceder. Hay escenas de La ciudad que son tal vez excesivamente kafkianas: un hombre camina por un lugar desconocido y un grupo de niños corre a su lado y se cuelga de sus ropas, como en El proceso. Un hombre entra a una zapatería y se ve sumergido entre cajas de zapatos que no están ordenadas por tallas, en medio del polvo. El propio título del libro es ya muy kafkiano. Como si Kafka hubiera venido a vivir a estas tierras y, en lugar de castillos, se hubiera perdido en la inmensidad de las montañas o los campos yermos. La soledad de Levrero es así: una explanada vacía con una montaña al frente, sin nadie; o una estación de gasolina sin clientes, en plena noche. Una soledad bella, luminosa. Si tienen amigos en Uruguay, pídanles libros de Levrero. Yo lo seguiré leyendo para contarles.

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