Un año terrible

Un año terrible

Enero 04, 2017 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

El que acaba de terminar es el más bisiesto de todos los que recuerdo, entendiendo por bisiesto un año que, al ser anómalo, provoca en el mundo y en la vida del Planeta toda serie de anomalías. Entre las que más recuerda la historia está el hundimiento del Titanic (1912) o el inicio de la Guerra Civil española (1936), ambas en años con 29 de febrero. Dicen los diccionarios que el origen de los años bisiestos (bis sextus) está en un astrónomo llamado Cristopher Clavius, jesuita y matemático alemán, quien por mandato del papa Gregorio XIII hizo la corrección al calendario de Julio César (Juliano) al introducir un día más cada 4 años, corrigiendo así el desfase entre la duración del año trópico, de 365 días 5 h 48 min 45,10 s, y el año calendario de 365 días. De no hacerlo habría una acumulación no contabilizada de aproximadamente 1/4 de día por año, que equivale a ese extraño 29 de febrero cada cuatro. Los aproximadamente 11 minutos que continúan en desfase provocan un error de un día completo cada 3.300 años, lo que puede asumirse. Hubo tantas cosas terribles en el 2016 que casi quedó opacada la noticia más importante para Colombia, que fue el advenimiento del proceso de paz con las Farc. Pero lo terrible, en el fondo, fue saber que ante semejante noticia el país no era unánime en el entusiasmo y la alegría, sino que por cada dos personas que lo celebraron hubo otras dos que no lo querían y seis que permanecieron indiferentes. Porque si nos atenemos a las matemáticas, fue insólito comprobar que el acuerdo para acabar la guerra dejó indiferentes a 6 de cada 10 colombianos, que no lo consideraron motivo de suficiente valía como para consagrar unos minutos de su domingo en ir a votar. Tendremos que esperar entonces hasta el 2018 para saber si la implementación del acuerdo y sus consecuencias positivas en la vida nacional lograrán hacer cambiar de opinión a alguien, o si una mayoría va a seguir prefiriendo, a pesar de todo, el viejo esquema del país dividido y en guerra. Todo se ha visto en la villa del Señor, incluso enfermos que aman su enfermedad y se resisten a ser curados. Ya lo veremos.Pero lo que sí no le perdono al 2016 es haberse llevado la voz de Leonard Cohen. Su música sigue estando en mis alacenas, sí, pero no es lo mismo. In my secret life fue la banda sonora de muchos días de escritura, clave para seguir adelante en muchos proyectos. Por eso me gusta más que el mismísimo Bob Dylan, que es también maravilloso y que, este año, me cayó muy bien por haber sacudido las estructuras del premio Nobel y por haberle provocado una rabieta a Vargas Llosa, quien considera que su propio premio se devalúa al ver que se lo dan a autores no convencionales, sin darse cuenta de algo fundamental: lo que más devalúa su premio no es eso, sino su nueva actitud de hombre mundano, cada vez más acostumbrado a las carátulas de la revista Hola. El 2016 también fue terrible en eso: nos demostró que fue la Preysler la que frivolizó a Vargas Llosa y no lo contrario, que Vargas Llosa hiciera de ella una intelectual. Es tal vez el signo de los tiempos, cada vez más hostiles al intelecto, y en cambio favorables a la mirada superficial sobre la vida y sus pequeños ritos. Pero seguiremos adelante a pesar de que la guerra esté perdida de antemano, y por eso deseo un buen año a todos los lectores de esta columna.

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