Un año en Cali

Enero 13, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Cómo pasa el tiempo, Dios santo, ¿ya hace tanto que volví a Colombia? Efectivamente, la semana pasada se cumplió un año desde que mi familia y yo llegamos a instalarnos a Cali, una ciudad que voy conociendo despacio y que me gusta, en la que me siento muy bien y que, debo decirlo, me recibió con entusiasmo y generosidad. Después de treinta años fuera del país, repartidos entre cuatro capitales del mundo (Madrid, París, Delhi, Roma), llegar a Cali fue algo muy natural: un modo de volver y al mismo tiempo continuar el viaje, pues como algunos de ustedes saben soy de Bogotá. Y debo decir que me adapté de inmediato. No había acabado de desempacar y ya la generosidad caleña estaba en marcha: casi todas las universidades me propusieron dar conferencias y charlas; este periódico, El País, me invitó a ser columnista; la Librería Nacional me ayudó con su carpintero para instalar mi biblioteca en la nueva casa; fui invitado y me hice amigo de ‘Delirio’, tal vez el más grande y vistoso espectáculo de su género con que contamos en Colombia, y en general todas las personas que he ido conociendo han sido generosas y hospitalarias. Y la mejor suerte: desde el primer día conté con la amistad de José Zuleta y su esposa Gloria, que han sido nuestros guías a lo largo de todo este año.En lo literario, Cali fue muy estimulante. El festival ‘Oiga, mire, lea’ convocó a extraordinarios nombres de la literatura nacional y sobre todo a miles de lectores; aún se recuerda en la Biblioteca Departamental las más de mil personas que asistieron a la charla de Héctor Abad Faciolince, quien se sorprendió de que lo quisieran más acá que en su Medellín natal, pues, según dijo, nunca había tenido allá un auditorio tan lleno y atento. Lo mismo sucedió con Piedad Bonnet o Evelio Rosero, entre otros. Se hizo también la primera edición de la Feria Internacional del Libro de Cali, que quedó bautizada y lista para empezar a crecer, a la par con la de Bogotá y Medellín, pero con la particularidad de darle un espacio a temas afrocolombianos, como es lógico que sea en la capital del Pacífico. Asistí al Festival Internacional de Poesía, fui a la presentación oficial del premio Spiwak de narrativa -que será el más grande del país en su categoría- y participé en programas como el de los ‘Viernes de Autor’ de la Universidad del Valle, entre otras muchas actividades. De todo esto, por supuesto, concluyo que Cali muy rápidamente será de nuevo protagonista nacional en el mundo de las letras.Por lo demás, me enamoré del clima -a pesar de la sequía- y revivo mis años de adolescencia por la pasión salsera de la ciudad. Cali, por sus árboles y vegetación agreste, me recuerda por momentos a Delhi. Sólo le faltan los micos, aunque desde mi casa puedo ver las iguanas de la arboleda del museo La Tertulia, un espacio muy bello que, lastimosamente, debo confesar, se degrada cada día ante la indiferencia de las autoridades, convirtiéndose ciertas noches en una verdadera olla de maleantes y drogadictos. Ya en dos ocasiones, personas que salían a pie después de comer en mi casa fueron atracadas por malevos apostados en el jardín del Museo. A un amigo lo agredieron con cuchillo y, a pesar de que se salvó de la puñalada, todavía se recupera de una fractura en la pierna. Cosas que, espero, la nueva administración de la ciudad atienda con algo más de cuidado.

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