Tres Tristes Tigres

Febrero 22, 2017 - 03:17 p.m. Por: Santiago Gamboa

El año de 2017 viene cargado de celebraciones y bodas de oro literarias, pues el ya lejano 1967 fue realmente prodigioso en novedades. Y no sólo. Se celebrará en mayo el centenario de Juan Rulfo, nacido en 1917. Pero en lo que a novelas se refiere, en abril se cumple medio siglo de Cien años de soledad, y un poco antes el mismo medio siglo de otra novela de 1967 que para mí es una de las más grandes escritas en español: Tres Tristes Tigres, del cubano Guillermo Cabrera Infante.

A pesar de haberla leído por primera vez hace al menos 30 años, y luego releído una y otra vez por partes, siempre que llego a La Habana y recibo el golpe de viento marino del Malecón vuelvo a caer en sus páginas, en esa enloquecida noche habanera en la que un grupo de amigos, aspirantes a escritores, pretende hacer un viaje al fin de la noche subiendo y bajando por el Malecón para agotar el tiempo con sueños literarios, en esa que fue la primera novela escrita casi enteramente en ‘cubano’, la modalidad habanera del español que incluye palabras juguetonas como ‘el rapao’, que es a la vez uno de los mil apodos del pene en la jerga habanera y la voz con que se pronuncia en la isla el nombre del poeta Ezra Pound. Cabrera Infante fue uno de los cultores del humor en el lenguaje. Uno de sus personajes hace una cita de André Yi, pero cuando los demás le preguntan por ese distinguido pensador chino, él explica que es el autor de Los monederos falsos. Entonces le precisan: “No es Yi sino Gide, compañero”. Ellos pensando y hablando mientras que ella, la gran diva, cantaba boleros.

Por lo demás, TTT (como Cabrera Infante llamaba a su novela) es una especie de Rayuela del Caribe: la novela de la deconstrucción donde muchas voces irrumpen desde diferentes ángulos; la novela hablada y oída; la crónica desesperanzada de un grupo de jóvenes que busca un camino literario y artístico y para ello tienen un gurú al que admiran, que en Rayuela es Morelli y en TTT Bustrofedón (ambos, sin duda, beben de la fuente original, que es el escritor Purswarden de El cuarteto de Alejandría, de Durrell); y además, a través de la galería de personajes, son la novela de una ciudad, o de dos en el caso de Rayuela (París y Buenos Aires). La Habana nocturna se abre en la novela con una cita cambiada de Lewis Carroll: “Y me preguntaba cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada”. Cabrera Infante lo cambia y queda así: “Y me preguntaba cómo se vería la luz de La Habana cuando está apagada”. La noche llena de luces y bares y preguntas que sólo los cazadores nocturnos encuentran e intentan responder. Esa misma Habana a la que Cabrera Infante dedicó su segunda obra monumental y maestra, La Habana para un Infante difunto, otro juego de palabras (Pabana para una infante difunta, de Debussy), y que, como TTT, es también la historia de una pasión literaria, del erotismo que despierta la pasión por las letras y de cómo todo eso se vive en los luminosos callejones de una ciudad donde el hombre es anónimo y alguien, ebrio y solitario por la avenida, se enamora de la seductora mujer que fuma en una valla publicitaria.

Queda por definir el papel de Cabrera Infante en el Boom, del que formó parte a disgusto. ¿Gustoso disgusto? En una entrevista sobre el tema, cuando se lo preguntan, cita a Groucho Marx y responde: “¡Include me out!”. Inclúyame afuera.

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