Sobre diarios y escritos íntimos

Noviembre 02, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

He tenido la suerte de pasar gran parte de este mes hablando sobre los diarios personales de algunos escritores y, en general, sobre la escritura íntima, con un excelente grupo de la universidad Icesi, y la verdad es que, ahora que termina, me doy cuenta de lo mucho que aprendí en medio de amenas charlas y debates. Indagando los orígenes fuimos a dar a Heródoto y sus Nueve Libros de la Historia, que a pesar de no hablar directamente de él es un Yo enfrentado al mundo, seleccionando el material que lo apasiona, observando y opinando hasta hacer un retrato no sólo de su época sino sobre todo de sí mismo. Luego, en el 397 D.C., con San Agustín y sus memorias, bajo el título genérico de ‘Confesiones’, en donde la narración de sí mismo está al servicio del proselitismo religioso y la conversión, pues en esos lejanos años el Yo aún no tenía valor por sí solo: debía estar referido a algo grande para poder existir.Se suele considerar que los diarios de navegación, los cuadernos de bitácora, son el origen de los modernos diarios íntimos por ser los primeros en los que se escribieron informes fragmentarios con fecha del día a día, aunque no se refirieran a una vida sino a la suerte de las naves y los viajes. Igual sucedió siglos después con las crónicas de Indias, a las cuales se les supone un trabajo diarístico previo ya que la gran mayoría fueron compuestas tiempo después de los hechos narrados.El camino hacia la literatura intimista nos permite trazar la historia del Yo y su lento reforzamiento, pues no olvidemos que aún en el Siglo XVII Pascal afirmaba que “el Yo es patético”, y por lo tanto sólo se lo invocaba como espacio sobre el cual proyectar ideas o presunciones sobre la condición humana general. Fue el caso de Rousseau, un siglo después, quien escribió también unas Confesiones que, aún si pueden considerarse como el canto inaugural y de independencia del Yo, aún están fuertemente marcadas por el deseo de influir en los cambios sociales, exponer una nueva moral opuesta a la Ilustración y pregonar un regreso a la naturaleza. Por eso este libro fue precursor de dos cosas: la Revolución Francesa y la llegada del Romanticismo, en donde vemos una verdadera explosión liberadora del Yo que permitirá, a partir de ahí, dar rienda suelta al diarismo y a las miles de manifestaciones de lo íntimo, tanto en la literatura como incluso en la filosofía.Los franceses del siglo XIX escribieron diarios y memorias de viaje, caso de Flaubert, Amiel y Léauteaud narrando los hechos de la vida social, las lecturas y las opiniones políticas. Todo fue a parar a esos valiosos cuadernos, convertidos en la voz de una racionalidad fragmentada. Luego vino Tolstoi con sus diarios obsesivos, divididos en tres cuadernos. O Kafka y sus diarios que eran sobre todo un taller literario para sí mismo. Y Thomas Mann, con páginas aparentemente banales pero llenas de misterio sobre su sexualidad. Luego Jünger y la lejana mirada de un aristócrata y burgués sobre la guerra, o la obsesión de Gombrowicz por elucidar su lugar en la literatura polaca en unos diarios ensayísticos, como los de Lezama Lima, o la tremenda lucha contra el alcohol en el desdichado John Cheever. Y tal vez los más memorables de la lengua española: los de Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso. Todas lecturas para recomendar.Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

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