San Agustín

Mayo 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

El viaje hacia los míticos territorios de la infancia iniciado con la llegada accidental a Tierradentro, y sobre el cual escribí la semana pasada, continúa ahora hacia San Agustín. Pero antes me pregunto… ¿fue realmente accidental? Recordando el libro ‘La llamada de la selva’, de Jack London, mi padre opinó que la confusión de carreteras tal vez obedeció a algo que se podría denominar ‘la llamada de Tierradentro’ y que tiene que ver con el lecho de piedras plateadas del río, el puente de bambú, los hipogeos de la meseta de Segovia o el legendario filo del Alto del Aguacate. O con las montañas que circundan el parque arqueológico y le dan al lugar una atmósfera sagrada. Sucede cuando un recuerdo intenso nos mueve de forma irracional hacia un lugar especial del pasado, a través de algún camino que ya nadie o casi nadie recorre.Luego la ruta ya fue más fácil: de Tierradentro a La Plata, de ahí a Garzón, pasando por El Agrado, y luego Pitalito, que dejó de ser un pueblo ruidoso y se convirtió en una pequeña ciudad próspera. Y finalmente San Agustín, con toda su carga de recuerdos. El pueblo de San Agustín también ha crecido y en honor a la verdad, me defraudó un poco. Muchos pueblos de Colombia han sufrido el mismo proceso, creando alrededor del viejo centro colonial un cinturón de calles comerciales con casas hechizas y feas, ruidoso y sucio, al estilo de los barrios periféricos de cualquier ciudad. Es inevitable.Al cruzarlo sentí una punzada de tristeza, pues en la salida hacia el parque arqueológico encontré el célebre hotel Yalconia destruido, con sus muros perforados y los huecos vacíos de las ventanas. Y más arriba me esperaba algo peor: la osamenta del hotel Osoguaico al lado de la carretera, con los techos hundidos y la hierba creciendo entre los muros. Me detuve a mirarlo recordando su esplendor pero vi la piscina vacía, convertida en depósito de escombros, y decidí seguir. La última vez que estuve en su agradable salón, frente a la chimenea, fue hace 28 años.Finalmente el parque me devolvió la alegría. El bosque de las estatuas con su sacerdote sosteniendo dos cetros, al final de la primera rampa, o la deidad felina que representa en su cabeza el arcoíris, con dos caritas laterales; los dólmenes funerarios en las Mesitas A, B, C y D o la extraordinaria estatua del águila cazando la serpiente, un motivo que se encuentra desde México hasta Perú pero que solo en San Agustín está representado en piedra y con ese tamaño. Y la maravillosa fuente ceremonial del Lavapatas, una de las obras más increíbles del patrimonio agustiniano y que, lastimosamente, comienza a borrarse, aunque aún se ven las serpientes y lagartijas, las caras en medio de las piscinas. Y de nuevo los nombres sonoros: el Alto de los Ídolos, la Chaquira o el Purutal, donde se conservan dos estatuas con restos de color.Durante el viaje de regreso a Popayán, cruzando el Puracé, llegué a la conclusión de que, además de lo que nos dejaron esos olvidados y anónimos artistas indígenas de San Agustín y Tierradentro, la naturaleza es el gran patrimonio de este país: el estrecho del río Magdalena, los paisajes de tundra, las sabanas ornadas por el frailejón, que parece un relicario natural, o los helechos en sus variadas formas. E inevitablemente uno se pregunta: ¿qué más habrá escondido debajo de estos terraplenes naturales y macizos montañosos?Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

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