Ribeyro, siempre en agosto

Ribeyro, siempre en agosto

Agosto 26, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

No hay peor ciudad que París para andar jodido y sin un peso. Yo acababa de llegar de España con un título de filólogo en el maletín, a fines del año 90, pero el único trabajo que pude conseguir en dos meses fue unas clases privadas de español a dos niños en una lujosa casa de la rue de Grenelle. El sueldo era una miseria, pero me daban la comida y me prometían un cuarto en el sexto piso para vivir. Las cosas no eran fáciles, pero yo estaba dispuesto a dar la batalla. No quería regresar derrotado a Bogotá.Había soñado vivir en París, como tantos escritores admirados: Joyce, Hemingway, Miller, Joseph Roth... Los ojos se me perdían de admiración y sólo volvía a la realidad para constatar que estaba en un cuarto diminuto del Boulevard Montparnasse, no tenía amigos y me había convertido en rehén del teléfono, pues pasaba el día vigilándolo a la espera de una llamada sentimental que nunca llegó.Ya desde España había comenzado a escribir artículos literarios que se publicaban en algunos periódicos de Bogotá. Por esa razón, además de cursar un doctorado en la Sorbona e intentar trabajar para sostenerme, quería hacer algunas entrevistas a escritores. Más por conocerlos que por interrogarlos, la verdad. Había leído y releído la obra completa de Julio Ramón Ribeyro, y por eso lo llamé y le pedí una entrevista. Su voz al teléfono me llenó de emoción, pero enseguida dijo que el momento no era bueno: “Estoy muy deprimido”, sentenció, “llámeme dentro de una semana”.Mi sustento eran las clases de español en la rue de Grenelle, pero un día llegué con mis cuadernos y la señora Chabrol, la mamá de los monstruos a los que enseñaba, me dijo con gracia: “Hoy no va a haber clase porque tengo invitados a cenar. Necesito que ayudes en la cocina”. La miré a los ojos, entre confuso e irritado, y le dije sin más: “Yo cocino en mi casa o en la casa de mis amigos. Pero no aquí”. La última palabra se acompañó de un portazo que hizo temblar los tapices del lujoso edificio y que dejó a madame Chabrol, para siempre en mi memoria, congelada en un gesto de rabia. Salí enfurecido a la calle y fui a buscar alivio a un bistrot, dos cuadras más allá. Llovía a cántaros y con la tercera copa de vino pensé en Ribeyro, así que busqué una moneda. Volvió a contestar él y, sin mediar palabra, le pregunté por la entrevista. “No sé”, contestó, “sigo muy mal de ánimo”. Sentí que la bocina era una roca de la que me sostenía para no caer, y le dije: “Yo también… Acabo de perder mi único trabajo, y encima olvidé cobrar”. Hubo una pausa... Entonces Ribeyro dijo: “Eso cambia todo, lo espero mañana a las siete”.A partir de ese encuentro inicié una desequilibrada amistad con él. Me presentó amigos, se preocupó porque consiguiera un trabajo, me recomendó aquí y allá, en fin... ¿Que podía yo darle a cambio? Siempre fue un misterio la razón que hizo que Ribeyro se volcara a ayudarme de ese modo, pero sí sé que mi vida posterior, mis trabajos sucesivos como periodista, mi obstinación por escribir y, de algún modo, la sorpresa de ver que al final me quedé diez años en París, todo lo que para bien o para mal terminé haciendo comenzó aquella tarde en que Julio Ramón Ribeyro dijo: “Eso cambia todo. Lo espero mañana a las siete”. Por eso lo recuerdo tanto, y más en agosto, por su cumpleaños. Si estuviera vivo se dispondría a cumplir 86.

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