Regresa Bolaño

Regresa Bolaño

Noviembre 09, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

¡Cuánto me alegra ver de nuevo los libros de Roberto Bolaño en las mesas de novedades! Las suculentas ediciones de Alfaguara, que hasta ahora ha publicado, Los detectives salvajes y 2666, y que anuncia una nueva, El espíritu de la ciencia ficción, vuelven a poner en el presente al más interesante autor de lengua española después del Boom, e incluso diría: de los mejores del Boom, es decir Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes y García Márquez, aún si estos nunca fueron los preferidos de Bolaño, tal vez por cansancio ante novelistas que llevaban más de treinta años encumbrados en el poder de la literatura cuando sus propios libros empezaron a publicarse. No hay que olvidar que Bolaño provenía de esa lucha de clases literaria que fue el real visceralismo, que acudía a los recitales de Octavio Paz a gritar consignas, tirar tomates y poemas impresos en hojas sueltas, hasta que los servicios de seguridad lo echaran a patadas a la calle. Bolaño se opuso al poder literario, y por eso, a pesar de haberlos leído y admirado, muy pronto rechazó a Vargas Llosa, García Márquez y Fuentes. Cortázar se salvó por haber muerto antes y porque Bolaño compartía esa mentalidad de ciertos chilenos outsiders que consiste en admirar lo que Chile más odia, que es Argentina. Por eso Bolaño celebraba todo lo que proviniera de Buenos Aires, a veces con razón, cuando se trataba de Cortázar, Borges o César Aira e incluso Osvaldo Lamborghini, y a veces con exageración, como el caso de Pauls, en cuyo prestigio la calidad de sus libros supone menos de un 20% y el 80% la buena imagen que le legó Bolaño y su aspecto de galán de cine argentino de los noventa.Bolaño odió el poder literario e intentó atacarlo. Cuando aún no era nadie (o casi nadie) se enfrentó valerosamente a Pérez Reverte en un rifirrafe en el que el rey Arturo lo acusó de envidiar su éxito, lo que era francamente falso. Bolaño admiraba con pasión a Javier Marías, y si tal vez alguna tristeza se llevó a la tumba (aparte de no ver crecer a sus hijos, Lautaro y Alexandra) fue que don Javier nunca le hiciera el menor caso, algo a lo que tampoco estaba obligado, por supuesto. Recuerdo una charla con Bolaño, en un restaurante japonés de Barcelona, en la que dijo con voz lacónica: “Marías debe creer que soy un gilipollas”. Esto por un complicado ajedrez en el parnaso español entre los dos javieres, Cercas y Marías, por la exitosa novela Soldados de Salamina, que Marías acusaba de ser copia de su estilo. Lo que mortificaba a Bolaño era que en ese libro, en la segunda parte, aparecía él como personaje.Muchas veces me he preguntado cómo habría vivido Bolaño la celebridad, el prestigio y el enorme poder que el éxito de sus libros le tenía reservado. Él que tanto rechazó y combatió ese poder, ¿lo habría usado al igual que sus odiados Paz o Pérez Reverte? Es una pregunta retórica, claro. Puede que sí, puede que no. Lo cierto es que me alegra revivir estos recuerdos al ver que los más jóvenes, hoy, descubren a Bolaño en las nuevas ediciones, mientras que los más viejos, los que conservamos las de Anagrama, volvemos a echar un vistazo y, en mi lectura, vuelvo a admirar esa prosa contundente, su ternura infinita y esa violencia que hicieron de Bolaño un novelista latinoamericano célebre y leído en todo el mundo, desde Bogotá hasta Pekín o Nueva Delhi, lo que no es poco.Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

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