Primeras frases

Primeras frases

Febrero 20, 2018 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

No hay duda que, de todo lo que hay en las novelas, la primera frase es, por decirlo de algún modo, algo categórico, contundente, decisivo… Tal vez uno de los principios más recordados, en las obras clásicas sea el prefacio de Julia, o la nueva Eloísa, de Jean Jacques Rousseau: “Se necesitan espectáculos en las grandes ciudades y novelas en las sociedades corrompidas”, afirma. Lo curioso es que, tras esta frase autoritaria y seca, se lanza él a hacer una novela, como si necesitara decir antes algo que le permitiera sentirse por fuera del mundo de sus propios lectores. Pero bueno, Rousseau era un moralista. En las novelas del Siglo XIX francés lo común era iniciar con largas descripciones de lugares, calles, aldeas y a veces personajes. Mi admirado Balzac, por ejemplo, comienza Papá Goriot con la lenta descripción de la pensión Vauquer, en París, y la novedad está en que el narrador es él mismo, el propio Balzac, quien introduce la historia de su novela, el año de los hechos y de cómo se verá obligado a usar la palabra “drama”, dice, en tiempos “de dolorosa literatura”.

Un par de décadas después, Dickens publica uno de los más memorables principios de novela. Es el de Historia de dos ciudades. “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada”. Es difícil leer esto y no quedar atrapado en la tela de araña. Tal vez tenga algo que ver el que esta novela apareció por entregas en una revista del propio Dickens; tenía la obligación de ser persuasivo para que los compradores siguieran leyendo. Porque la primera frase no sólo da el primer golpe en la mandíbula al lector, sino que permite agarrarlo por el cogote y hundirlo en su mundo. Entre más contundente, más fuerte y duradera será esta inmersión. Pensemos, si no, en uno de los principios más misteriosos de la literatura, escrito por Herman Melville. Está en Moby Dick: “Llamadme Ismael”. Dos palabras enigmáticas que nos llenan de preguntas: si no es su verdadero nombre, ¿qué esconde?, ¿qué credibilidad tiene?, ¿por qué? Es raro, con tan poco, lograr tanto. Los grandes novelistas rusos, en cambio, siguieron la tradición de Balzac: lentitud, descripción de aldeas, número de almas y distancias en verstas.

En la España clásica, la mejor novela del Siglo XIX, La regenta, de Clarín, tiene un principio intermedio: “La noble ciudad dormía la siesta”. No es para tirar cohetes, pero al menos fija una imagen. Luego vendrán, entre nosotros, inicios tan importantes como el de La Vorágine, que todos recitamos, el de La región más transparente, de Fuentes, y el magistral de Cien años de soledad, novela que no sólo tiene la mejor primera frase, sino también la mejor frase final, que ya es difícil. Y el célebre inicio de Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa, aunque prefiero el de La guerra del fin del mundo. La novela latinoamericana, en su afán por ser moderna y romper una serie de moldes, se lanzó al cultivo de la primera frase como un modo de afirmar su identidad, su rabioso modernismo. Por eso hoy cada uno de nosotros, sus lectores, podría hacer su propia lista de ‘mejores principios’.

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