Poetas y aviadores

Septiembre 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

He decidido recuperar esta vieja historia -cuya primera versión publiqué en El País de Madrid hace más de diez años- exclusivamente para mis lectores caleños, pues en ella encuentro una de las mejores definiciones de lo que es la literatura, ahora que hay tanta en Cali. El protagonista número Uno es el poeta Ivo Machado, nacido en las islas Azores, pero lo que nos importa es que en su identidad civil es controlador aéreo, esas personas que están en las torres de control de los aeropuertos y que guían a los aviones a través de las rutas del cielo.La historia es la siguiente: cuando Ivo era un joven de 25 años (a mediados de los 80) controlaba vuelos en el aeropuerto de Azores, ese archipiélago portugués que queda en mitad del Atlántico, equidistante de Europa y América del Norte. Una noche, al llegar a su trabajo, el jefe le dijo: -Ivo, hoy dirigirás un solo avión.Él se extrañó, pues lo normal era llevar el vuelo de una docena de naves. -Es un caso especial. Se trata de un piloto inglés que lleva un bombardero británico de la Segunda Guerra Mundial hacia Florida, para entregarlo a un coleccionista de aviones. Hizo escala en Azores y continuó hacia Canadá, pues tiene poca autonomía de vuelo, pero lo sorprendió una tormenta, debió volar en zigzag y ahora le queda poca gasolina. No le alcanza para llegar y tampoco para devolverse. Caerá al mar.Al decir esto le pasó los audífonos a Ivo. -Debes tranquilizarlo, está muy nervioso. Un destacamento de socorristas canadienses ya partió en lanchas y helicópteros hacia el lugar estimado de caída. Ivo se puso los audífonos y empezó a hablar con el piloto, que en verdad estaba muy nervioso. Lo primero que éste quiso saber fue la temperatura del agua donde iba a caer y si había tiburones, pero Ivo lo tranquilizó al respecto. No había. Luego empezaron a hablar en tono personal, algo infrecuente entre una torre de control y un aviador, y el inglés le preguntó a Ivo quién era y qué hacía en la vida. Ivo le dijo que era poeta y entonces el inglés le pidió que le recitara algo. Por suerte Ivo conocía de memoria poemas de Whitman y de Coleridge y de Emily Dickinson. Se los dijo y así pasó un buen rato. Luego el aviador, ya más tranquilo, le pidió que le recitara los suyos propios, y entonces Ivo, haciendo un esfuerzo, los tradujo al inglés para decírselos sólo a él, un piloto que luchaba en un viejo bombardero contra una tempestad, en medio de la noche y sobre el océano, la imagen más nítida y aterradora de la soledad. “Noto en sus poemas una cierta tristeza”, le dijo el aviador, y hablaron de la vida y de los sueños y de la fragilidad de las cosas, y por supuesto del futuro, que no será de la poesía, hasta el momento en que la aguja de la gasolina sobrepasó el rojo y el bombardero cayó al mar. Al día siguiente Ivo supo lo que había sucedido. Los socorristas encontraron el avión flotando en el agua, intacto, pero el piloto había muerto. Una parte de la cabina se desprendió y lo golpeó en la nuca. “Ese hombre murió tranquilo”, me dijo Ivo, “y es por eso que sigo escribiendo poesía”. Y yo lo comprendo, y todos los que escribimos, sobre todo en Colombia, deberíamos hacerlo de este modo: como si nuestras palabras estuvieran dirigidas a un piloto que lucha solo, en medio de la noche, contra una violenta tempestad.

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