Plagio en redes sociales

Julio 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Leo en la prensa que una escritora norteamericana, Olga Lexell, ganó por estos días, en Los Ángeles, una batalla legal a favor del respeto del copyright en Twitter, algo que hasta ahora no había visto pero que sin duda hacía falta, como en todos los demás medios. Ocurrió lo que sin duda muchos twitteros ya han vivido: que las frases de Olga Lexell, en lugar de ser re-twitteadas respetando el origen o reproducidas con su nombre como en cualquier cita literaria, periodística o científica, eran simplemente copiadas y devueltas a la red en otro trino, como si fueran inspiración original del twittero que las copió.No tengo una cuenta de Twitter por motivos que no vienen al caso, pero lo que sí hago es entrar bajo seudónimo para ver reacciones de lectores a trabajos literarios o periodísticos míos, o para seguir a jóvenes marginales y conocer algo de sus vidas. En estas expediciones encuentro a menudo una frase asociada a mí o como si fuera mía que me hace sentir culpable, aunque yo nunca la haya copiado. La frase en cuestión dice: “Los errores de ortografía son el mal aliento de la escritura”. Los twitteros que la repiten la copian del primero que la puso en la red, con mi nombre abajo, pero sucede que esa frase no es mía sino de Héctor Abad.La historia de este malentendido es muy sencilla: hace 5 años, en una presentación en Caracas, la dije ante un auditorio al responder a una pregunta. Por supuesto cité a su autor, pero alguien del público, no sé si por espacio o porque no escuchó bien, la reprodujo solo con mi nombre. Tal vez le pareció demasiado largo poner “Santiago Gamboa citando a Héctor Abad”. Lo cierto es que desde ese día circula por twitter como mía, y como es tan buena se repite una y otra vez, haciéndome sentir que, de modo involuntario, estoy incurriendo en una suerte de plagio. Por supuesto que Héctor y yo lo hemos hablado y se ha vuelto una broma, pero es incómodo. Por eso al ver que la escritora Olga Lexell logró que Twitter cancele los trinos que la plagian, pensé que tal vez ya había un medio para cortar de raíz este asunto.Esta situación me recordó otra, allá por el año 2006, cuando un columnista de este mismo diario, que firma como Sirirí, me acusó de plagio, pues en una columna mía que circulaba entre privados, de correo en correo —“Las mujeres de mi generación”— alguien tuvo la ocurrencia de agregar unos párrafos suyos. Luego se comprobó que mi columna supuestamente plagiaria se había publicado en 2003, casi 2 años antes que la de Sirirí, pero como se trataba de un texto que circulaba por correos electrónicos cualquiera podía agregar o quitar lo que quisiera, y de hecho hoy, cada vez que la veo resurgir —es una columna increíblemente exitosa y en facebook hace furor— veo que sigue teniendo adherencias que me sonrojan y que, tarde o temprano, volverán a meterme en problemas.Pero volviendo al twitter, al menos ya se podrá empezar a poner orden. En mi última novela, Una casa en Bogotá, hay una pequeña antología de una de las más entrañables tuiteras que he leído, y que se presenta como Ginna. Les dejo un par de joyas de esta joven que, por cosas que dice, pienso que es caleña: “El arroz con atún es una de las cosas bacanas de ser pobre”, “Me gustaría morir como mi abuelo, durmiendo pacíficamente y no gritando aterrorizado como los pasajeros de la buseta que manejaba”.

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