Pasan los años

Pasan los años

Marzo 06, 2018 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Seguimos contando los años, pues hoy se suma uno más del nacimiento de García Márquez. De estar vivo, cumpliría 91 este día en que escribo. Y sigue siendo, de lejos, la personalidad más importante que ha producido este país en toda su historia. Como es lógico, su transformación en clásico de la literatura lo aleja un poco de los nuevos lectores, porque la muerte de un escritor, cuando no es repentina y en juventud, transfiere su obra a los anaqueles de otra biblioteca que podríamos llamar universal o eterna, y eso hace que el acceso a sus páginas sea menos vibrante que cuando el autor está vivo. Ya no es un contemporáneo, sino alguien de todos los tiempos, y de algún modo es como si tuviera la edad de Homero o de Virgilio o de Goethe. Porque los años de un clásico parecen más largos y se expanden hacia atrás, como si siempre hubiera estado ahí, en ese mausoleo eterno.

Pero hay algo más y es la edad de la muerte. García Márquez murió de 87 años, es decir que su obra fue concluida a cabalidad, de un modo pródigo y abundante. Nos dejó muchas cosas: novelas, cuentos, crónicas, guiones de cine, artículos de prensa, entrevistas, más un inmenso patrimonio inmaterial que tiene que ver con sus palabras dichas, sus opiniones políticas y sus gustos, su itinerario de vida, su presencia cotidiana en los temas referidos al país, su “estar entre nosotros” y todo lo que de ahí se deriva, que es un recuerdo permanente para sus contemporáneos.

El caso contrario sería el de Bolaño, muerto en el 2003 con apenas 50 años. Sus libros, hoy, forman parte de un panteón de clásicos literarios del Siglo XX, pero en su evocación siempre estará gravitando la idea de que su obra quedó inconclusa, que fue interrumpida por la muerte. De hecho, su último libro, póstumo, 2666, está dentro de ese género que Balzac llamó “obra maestra inconclusa”, en las que el lector debe cerrar las grietas que el autor dejó abiertas por falta de tiempo. O de vida. Si García Márquez fue el escritor más célebre y universal del Siglo XX, Bolaño fue apenas conocido del gran público y su éxito llegó después de la muerte. En Colombia casi nadie lo conocía. Nuestros críticos literarios de entonces (los mismos de después) no lograron descubrirlo, y eso que ganó el premio Rómulo Gallegos en 1998. Aquí al lado. Ni por esas. Lo descubrieron cuando ya estaba ampliamente descubierto y, sobre todo -algo irresistible para ellos-, cuando el New York Times lo consagró.

Pero, de un modo u otro, la muerte de un artista joven, como le pasó a Bolaño o, acá en Colombia, a Andrés Caicedo, deja una suerte de nostalgia de lo que no alcanzaron a hacer. Son un interrogante perpetuo. ¿Qué libros habría podido escribir Bolaño de estar vivo, hoy, con apenas 65 años? ¿Qué cosas nos habría revelado Caicedo, de estar vivo y tener hoy 67 años? La sensación de pérdida, no hay duda, le da un valor suplementario a lo que dejaron.

García Márquez, por fortuna, tuvo tiempo en su larga vida para llevar su obra muy lejos, y a pesar de que dejó proyectos inacabados (sus Memorias, por ejemplo), la sensación de pérdida es muy menor si se la compara con el legado. Habríamos querido tenerlo más tiempo, por supuesto, pero con su memoria y su chispa y toda su fuerza. Algo imposible en el presente y en la vida, sólo posible en esa máquina del tiempo que son los libros.

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