País de lluvia y música

Abril 04, 2017 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

El sábado pasado, sin saber aún con claridad lo que estaba ocurriendo en el Putumayo, y con el deseo de abstraerme del poderoso ruido que a veces emiten las ciudades, fui al auditorio de Bellas Artes a escuchar un concierto de la Orquesta Filarmónica de Cali. La música clásica, desde mis épocas de estudiante en el bogotano colegio Refous, ha sido siempre un alivio para el espíritu. Gracias a ese aprendizaje, lo que otros logran a través de la meditación, haciendo votos de silencio en lejanos Ashrams o de rodillas en alguna catedral en penumbra, dirigiendo su pensamiento hacia lo alto, a mí me lo ofrece la música. Por suerte la vida no me ha dado aún golpes demasiado severos (supongo que tarde o temprano lo hará), pero lo cierto es que hasta ahora ninguno ha sido tan fuerte que no pueda sobreponerme a él escuchando, por ejemplo, las Variaciones Goldberg, de Bach, que juzgo una de las mejores medicinas para el alma creadas por un artista. Supongo que cada uno elige la música que lo purifica, que le hace bien, de acuerdo a su metabolismo. A mí el Réquiem de Mozart, las Danzas húngaras de Brahms o las Danzas eslavas de Dvorak me despiertan unos deseos irrefrenables y compulsivos de escribir, y me devuelven el optimismo.

Pues bien, decía que ese sábado, aún ignorante del tenor de la tragedia del Putumayo y a sabiendas de que la lluvia en este país de aguas violentas, en el cielo y en la tierra, es un prodigio que en cualquier momento se torna peligroso, me dirigí por el camino del río y entré en ese increíble templo musical, de acústica perfecta, que es el auditorio de Bellas Artes. Los músicos estaban ya sentados en el escenario, de riguroso negro y afinando instrumentos, cuando el maestro Adrián Chamorro entró a la sala y, segundos después, nos llevó a un mundo límpido y terso, de una quietud que parece mecer el alma: el de la sinfonía 68 de Haydn. Afuera podrían estar sonando las trompetas de Jericó llamando a la destrucción, los jinetes del apocalipsis cabalgando a sus anchas por plazas y avenidas, el Armagedón con ojivas nucleares apuntando a nuestras cabezas, en fin, pero quienes estábamos en ese auditorio nos sentíamos protegidos por la música. Como en el Decamerón, de Bocaccio: afuera la peste, la muerte y el dolor, y adentro el arte salvando a quienes lo evocan, a quienes lo hacen con sus manos, a quienes lo cantan o lo cuentan.

Después de un intermedio en el que recibí algo de información sobre lo que pasaba en Mocoa, la orquesta inició un concierto para piano de Schumann (Op. 54), a quien Sábato siempre llamó “el desdichado Schumann”. Frente al teclado se sentó Eduardo Rojas, un virtuoso, y lo cierto es que las notas de Schumann nos fueron llenando de una sensación de extraña urgencia, como preparándonos con un presagio sombrío para lo que íbamos a encontrar al salir de nuestro refugio, y así fue, en efecto. Al caminar de regreso a casa, todavía arrullado por esa música pero ya consciente de que en un lugar a tan solo 12 horas de carretera de Cali, una población, Mocoa, inerme ante la fuerza de un colosal arroyo de piedras y barro, estaba recogiendo decenas, centenares de cadáveres. ¡Cuánto dolor! Y me sentí culpable de haber sido tan feliz en ese auditorio, y solo deseé, o más bien imploré, que esa misma música pudiera traer a tantos el mismo sosiego.

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