Moreno - Durán, un recuerdo

Moreno - Durán, un recuerdo

Marzo 20, 2018 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

La muerte de un colega es algo que siempre quita el aire. Sea cual sea su edad, a uno le parece que los escritores no deberían morir a menos que lleven un buen tiempo inactivos, hundidos en el alcohol o en las más furibundas depresiones. Pero me han tocado ya varias, y una de las más sentidas fue la de Rafael Humberto Moreno-Durán, en noviembre del 2005.

R. H. fue uno de esos lectores valientes que siempre tuvo un libro debajo del brazo y por eso sus opiniones literarias estaban sostenidas por años de vertiginosas lecturas, por una entrega absoluta al mundo del intelecto y una pasión devoradora, herido por la letra, el verso y la prosa, pero también por la historia, las geografías lejanas y la política. En ese arrojo de lector, siempre tomando notas, llenando cuadernos con apuntes (¿no valdría la pena publicarlos?), está uno de sus mejores legados: el de la lectura y el coraje de la lectura, el heroísmo de quienes se quedan dormidos sobre los libros y, como el personaje de Elías Canetti en Auto de Fe, despiertan y se echan encima un balde de agua fría para recuperar la lucidez y seguir leyendo. Esto se ve en sus ensayos y en el que considero su mejor libro crítico, Taberna in fabula, donde analiza la literatura centroeuropea con un tal dominio y abundancia de referencias que, cuando lo acabé, me sentí desbordado, con la sospecha de que, más que en Tunja, R.H. había nacido a orillas del Danubio.

Lo conocí a principios de los noventa en los cursos de verano de la Universidad Complutense en El Escorial, España, donde se había trasladado para hacer una entrevista televisada a Juan Goytisolo. Ocurrente, sarcástico y burlón, hiperculto, divertido, buen bebedor y excelente contertulio, mi recuerdo de él está salpicado de anécdotas y frases. Una vez, en Madrid, recién bajado de un avión procedente de Bogotá, me dijo, “qué bueno que llegaste, llevo doce horas sin hablar”. Así inauguró una tarde que acabó doce horas después, una por cada hora de vuelo (y dos botellas de Chivas Reagal después), en la casa del periodista Juan Carlos Iragorri, en donde como siempre dijo cosas divertidas y lúcidas. Recuerdo que en esa charla usó la palabra ‘dipsomanía’, al azar, y alguien preguntó, ¿y qué es eso? Entonces R.H., con su velocidad habitual, respondió: “La beodez consuetudinaria”.

A su gordura le decía “la plusvalía de mi talento”, y nunca olvidaré mi asombro al oírle decir que existía una grabación de Brigitte Bardot cantando El cuchipe, por un amorío que tuvo la francesa con el poeta Gaitán Durán. Siempre le dije que debía hacer un libro de aforismos, pues uno de los más geniales que he escuchado es suyo: “El fin justifica los medios es una frase sin principios”. Al recordar estas anécdotas sueltas pienso en la voracidad de R.H. con el lenguaje y la labia y el buen humor. El lenguaje era su obsesión para atrapar el mundo y esto se ve en sus novelas, tan repletas de densidad narrativa, tan llenas de humor inteligente (recuerdo al azar ese inicio que dice: “Sudor de novia es el nombre que le dan los árabes al talco”). Evoco hoy a R.H., porque llegó a mis manos su libro póstumo, El hombre que soñaba películas en blanco y negro, y al leer su primera frase, “Cuando despertó, Orson Wells todavía estaba allí”, su recuerdo se impuso como una furiosa cascada.

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