Literatura y periodismo

Literatura y periodismo

Julio 01, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Para escribirlos se utilizan los mismos músculos y la misma materia prima, que son las letras del alfabeto y la gramática. También se necesita de una mesa y un teclado, aunque aquí empiezan las diferencias, ya que muchos autores literarios prefieren escribir a mano, al menos alguna parte del proceso, lo que es bastante raro entre periodistas como no sea las notas que toman en una libreta. Muchos grandes escritores, sobre todo anglosajones, convirtieron el periodismo en género literario. Tom Wolfe o Truman Capote dejaban poco resquicio entre uno y otro, y la fuerza de su estilo estaba presente en ambos. Eran buenos y trabajaban para publicaciones que se los permitían. Del lado de nuestro idioma están García Márquez, Vargas Llosa o Juan Goytisolo, entre los más conocidos, y un gran antecesor, Leopoldo Alas, Clarín, quien de tanto fustigar al clero y a los poderes conservadores españoles en sus artículos de prensa fue castigado y por ello vio su genial obra sepultada por más de seis décadas (la novela La Regenta). En la Colombia de hoy, una gran cantidad de escritores ejercen el periodismo, de lejos o de muy cerca, por lo general para ganarse la vida y becar al escritor, que suele ser insolvente. En esto de los métodos de financiación de la literatura es frecuente que el novelista se acerque al periodismo y el poeta vaya a las agencias de publicidad. Claro, también hay plumas formadas en el periodismo que luego saltan a la novela, como Juan Gossaín, o cronistas que son tan buenos que sus libros de crónica son literatura pura, como los de Jon Lee Anderson, Castro Caycedo o incluso Alfredo Molano, cuyos escritos históricos y testimoniales, aún si no se presentan exactamente como ‘literarios’, están repletos de literatura. El periodismo enseña muchas cosas al escritor. Le enseña a tener disciplina y a imponerse fechas para terminar sus textos. Porque el periodismo es la escritura al son del tic tac del reloj. Se debe entregar antes del cierre y eso tensiona los músculos y obliga a una claridad muy grande. También enseña a escribir en cualquier parte y en condiciones extremas, en cafeterías y aeropuertos o en hoteles nada diseñados para eso, con enchufes muy lejos de la mesa y cosas así. Y a escribir rodeado de otros que también escriben, con ruido de conversaciones de fondo. El periodismo, en suma, le da armas al escritor para afinar su labor y lo sustrae de su solitario pedestal. Sobre todo al novelista, que es la clase obrera de la literatura, el que debe escribir hasta el final de la página y muchas páginas. Tan diferente a la poesía, que es la aristocracia literaria, donde se escribe sólo hasta la mitad de la hoja. ¡Pero qué palabras! Por lo demás, una buena crónica y un texto literario tienen muchas cosas en común. Se debe ser persuasivo e implacable en ambos, desde la primera línea, y deben ser creíbles, aún si en literatura la credibilidad la inventa el propio texto. Hay literatura basada en la realidad, claro, y crónicas periodísticas que pueden tener mucho de ficción. La diferencia es que en el escritor es un reclamo publicitario (¡Basado en un hecho real!), mientras que al periodista inspirado por las musas, si lo descubren, lo más probable es que lo echen a la calle. Y un último detalle: ambas son pasiones devoradoras, a las cuales vale la pena entregar toda la vida.

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