Las Vegas y el “mal radical”

Las Vegas y el “mal radical”

Octubre 03, 2017 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Después de haber compartido durante dos semanas eso que en los años 80 se publicitaba como el ‘american way of life’, al viajar por siete ciudades de Estados Unidos y ver ahora, asombrado, las increíbles noticias provenientes de ese país, no pude evitar llegar a sombrías conclusiones. Porque lo primero que llama la atención del siniestro asesino de Las Vegas es la aparente ausencia de motivos, que es lo que hace más aterrador cualquier crimen: no es un psicópata, no es un frustrado social, no es alguien que busque venganza. Nada de lo anterior justifica el asesinato, pero sí lo hace comprensible. Más humano. Lo inhumano es justamente la ausencia de razones, el hecho desnudo de hacer el mal. “El mal radical” del que habló Kant (Das radikal Böse), sin razón distinta al placer de ejercerlo, así como el bien, su contrario, también confiere placer a quien lo ejecuta. Cuando algo así sucede, y cuando la idea del castigo ya no aplica, pues el asesino se quita la vida, queda la terrible pregunta. ¿Por qué?

La misma que Colombia se hizo después del fatídico 4 de diciembre de 1986, cuando Campo Elías Delgado, excombatiente de Vietnam, asesinó en Bogotá a 30 personas y se suicidó con la última bala. Como si fuera el mismo espíritu asesino. En el caso de Campo Elías, la pregunta del por qué y de lo humano versus el “mal radical” llevó a muchas interpretaciones, incluida una literaria, basada en los vericuetos de la mente bipolar de ‘El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde’, de Stevenson, desarrollada por Mario Mendoza en su novela ‘Satanás’. Al igual que Campo Elías, también Stephen Paddock tenía una fachada pública de hombre sereno y respetable, que enviaba mensajes preguntando por la salud y el ánimo de la madre. Pero en el lado oscuro de la luna, el Paddock adicto a los juegos de azar compró diez rifles automáticos y munición como para hacer su propia guerra de Vietnam, y fue planeando su llamarada. ¿Para qué compra alguien diez rifles? Tal vez nadie se hizo esa pregunta, mucho menos los empleados de la tienda Guns & Guitars, localizada en el 1085 del Pioneer Blvd. en Mesquite, Nevada, donde también, por cierto, venden guitarras eléctricas como las que estaba tocando el grupo del festival Route 91 Harvest durante la masacre. El delicado sonido de la guitarra como fondo de las detonaciones y los cuerpos cayendo.

El 22 de julio de 2011, otra expresión de este mismo espíritu, de nombre Anders Behring Breivik, noruego, mató a 77 personas en su país: ocho de ellas haciendo estallar una bomba cerca de la sede del gobierno en Oslo y 69, en su mayoría adolescentes, a balazos en un campamento de la juventud socialista en la isla de Utoya. En este caso, el por qué estuvo en lo político, según dijo el asesino. Breivik no se suicidó al final, como Campo Elías o Paddock, y hoy sigue en la cárcel. Y el último, tal vez el peor: Andreas Luvitz, el oscuro piloto de Germanwings que el 24 de marzo de 2015 decidió suicidarse con todo y avión, matando a 144 pasajeros, un piloto y 4 miembros de la tripulación. ¿Por qué? Tal vez la única conclusión es que el hombre, como dijo Kant, en el ejercicio de su libre albedrío, es de vez en cuando atraído por extrañas y aterradoras regiones de la mente que lo llevan sin motivo alguno, sin explicación humana, hacia el “mal radical”.

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