La sumisión

La sumisión

Marzo 25, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Sumisión es el título de la última novela del escritor francés Michel Houellebecq, probablemente el más excéntrico y extraño de los escritores vivos de la actualidad; también el más repudiado y puede incluso que odiado por el modo frío en que aborda temas durísimos, golpeando a la sociedad bienpensante de su país que en el fondo es la misma de Europa y buena parte del mundo. Yo creo, pero esto es muy personal, que es el mejor novelista de hoy, al lado del español Javier Marías, aún si son como el día y la noche. No me extrañaría que ni siquiera se lean mutuamente. De hecho, debo decir que la última novela de Marías es una obra maestra en absoluto (me refiero a Así empieza lo malo) mientras que esta de Houellebecq se detiene en la nada desdeñable categoría de obra maestra a secas.Pero como suele ocurrir con los libros de Houellebecq, Sumisión da en el clavo del gran tema actual de Occidente: el fracaso de los proyectos racionales de bienestar social (políticos e incluso tecnológicos) hace casi inevitable que en un futuro cercano la sociedad mire hacia atrás y reconsidere la conversión religiosa. Que tienda hacia una voz que responda a sus plegarias y acabe con el vacío de sentido que desde hace décadas mantiene al ser humano en la soledad, el hiperindivuadalismo y la decepción. Somos la sociedad de la decepción, como argumenta el filósofo Gilles Lipovetsky, porque la alegría material en la que estamos inmersos es la única fuente real de placer, pero la felicidad del consumo muy pronto se agota y ya no habrá más remedio que mirar hacia atrás.En este contexto, la conversión al Islam de una parte de Europa, empezando por Francia, no es para nada ciencia ficción, y aún menos del modo en que Houellebecq lo presenta en su novela: por la vía de la entrega política, a través de un pacto entre la Hermandad Musulmana de Francia y el Partido Socialista, para enfrentar en las urnas a la ultraderecha católica del Frente Nacional. Los islamogauchistes, como los llama Houellebecq, abrirán una puerta hace tiempo clausurada en Francia por el laicismo y la concepción republicana del Estado.Lo que observa Houellebecq es que ese hombre perdido y solitario de inicios del Siglo XXI sí tiene a dónde acudir y no está solo, pero primero debe convertirse. Como en las guerras del pasado, la derrota no sólo supone la pérdida del territorio, sino la conversión a nuevos dioses. En este caso es la derrota de un sistema. El hombre moderno, enfrentado a una soledad esencial y a un enorme vacío, inmerso en un narcisismo hedonista y material, busca consuelo en viejos dogmas pero antes debe entregar su alma y puede incluso que su destino. A cambio accede a algo que había perdido y es la experiencia colectiva del amor y la tranquilidad de saber que en el fondo su vida sí tenía sentido. Es lo que hace el personaje de Houellebecq, un solitario profesor de la Sorbona especialista en Huysmans, quien después de verse derrotado por la vida se convierte al Islam y encuentra alivio, un sentido a su existencia que es a la vez intelectual y erótico. Todo a cambio de la sumisión. Porque lo curioso, observa Houellebecq, es que para sobreponerse al tedio de la modernidad o a la “melancolía del saber”, el pobre ser humano, solo frente al universo, vuelve a hacerse las mismas preguntas que hace dos o tres mil años, y la respuesta está por fuera de él.

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