La crónica

Enero 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Tal vez el hecho más significativo en el mundo de la escritura el año anterior, con inmensas proyecciones y ramificaciones, fue el impulso de la crónica y su definitiva entrada al mundo de la literatura. Ya he escrito sobre esto, lo sé, pero creo que no del modo que se merece, pues con la concesión del premio Nobel a la periodista rusa Svetlana Alexiévich, y la inmediata difusión de algunas de sus obras, los lectores tradicionales de novelas están hoy descubriendo con entusiasmo este extraordinario género que, en el fondo, siempre estuvo ahí, con ilustres antecedentes, pero que fue considerado como una actividad muy en la periferia de la otra escritura, la que podríamos denominar “de literatura ficción”.Haciendo un poco de historia, en América Latina, se me ocurre que uno de los padres de este género es el argentino Rodolfo Walsh, asesinado por la dictadura en 1977, con su libro Operación masacre (1957), en el que narra el fusilamiento de cinco civiles, sospechosos de formar parte de un contra golpe militar, entrevistando a siete sobrevivientes de la misma noche de los fusilados. Una obra maestra del periodismo narrativo que se adelantó nueve años a la célebre A sangre fría, de Truman Capote. Pero Walsh, a diferencia de Capote, escribió su crónica con una intención de denuncia social, y fue precisamente esta tendencia la que repercutió con más fuerza en los cronistas de América Latina: la idea de que esta forma del periodismo era sobre todo un arma para contar la verdad, asumiendo todos los riesgos en primera persona y no bajo la cobertura de un medio de prensa.En Colombia tal vez el más reconocible autor de esta tendencia es Alfredo Molano, cuyas crónicas sobre la violencia traen al lector la voz de los protagonistas del conflicto en libros como Los años del tropel (1985), Siguiendo el corte (1989) o Trochas y fusiles (1994), entre otros. Leyendo hoy a la Nobel rusa Alexiévich constato que su procedimiento es idéntico al de Alfredo Molano: transcribir exclusivamente la voz del informante sin apenas intervenir, y digo “apenas” porque la intervención del cronista, como es obvio, es invisible y está en la selección del material y en la escritura de esa voz. Y algo más entre Molano y Alexiévich: el deseo de hacer visible una verdad incómoda para el estamento oficial, poniendo a la víctima en el centro de su historia.Por supuesto que también Germán Castro Caycedo forma parte de este grupo de periodistas desobedientes y aguafiestas, con obras como Colombia amarga (1976), El palacio sin máscara (2008) u Operación Pablo Escobar (2012), asumiendo riesgos y mostrándole al país su cara menos hermosa. Algo parecido a lo que hace en México Sergio González Rodríguez con una obra como Huesos en el desierto (2002) sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez y la frontera, o el muy reciente, aunque menos narrativo y más fáctico, Los 43 de Iguala, sobre la masacre de los estudiantes en septiembre de 2014. Y por encima de todo esto, como un legado más de García Márquez, que siempre creyó en el poder de la crónica literaria, está el trabajo de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, con sede en Cartagena, que con autores como Jon Lee Anderson, Juan Villoro, Alberto Salcedo Ramos o Martín Caparrós, entre muchos otros, mantiene encendida la antorcha de la crónica y la lleva a toda América Latina y España.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad