Hugo Restrepo

Agosto 17, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

In memoriamHonrar la memoria de Hugo Restrepo es celebrar la amistad, la generosidad y la lealtad. Lo conocí en 1986, hace exactamente treinta años, y desde hace veintiuno fue mi suegro. Pienso en él con afecto, el que le tuvieron todos sus amigos, y me digo que es difícil definir a alguien tan amplio. Fue por supuesto un gran empresario. Hace cuarenta años creó una extraordinaria compañía de exportación de pasta de ají que suministra materia prima a la Tabasco de Luisiana y a muchas otras del mundo, pero esta es sólo una de sus muchas caras. Fue también un gran enamorado de la música, sobre todo de la cubana, que bailó y cantó hasta que le fue posible. Cuba fue uno de sus grandes amores, pues la lealtad a ese joven de izquierda que en los años 60 quiso cambiar el mundo no lo abandonó nunca. Recuerdo miles de charlas sobre autores cubanos, pues otra de sus pasiones fue la literatura. En febrero de 2015 estuvimos en La Habana con su hija Analía y su nieto Alejandro y una noche fuimos a cenar con Leonardo Padura, que había leído y admiraba. Su relación con Cuba empezó pocos meses después de la revolución y en uno de sus viajes, al parecer, conoció al Ché Guevara e incluso jugó con él una partida de ajedrez. Lo contó en una velada en París con el novelista argentino Osvaldo Soriano y el chileno Luis Sepúlveda. Cuando le preguntaron cómo jugaba el Ché, él respondió: “Movía con la mano izquierda”. Porque el humor nunca lo abandonó. Recién operado de la próstata le pregunté cómo se sentía, y me dijo: “Muy bien, me quitaron un peso de encima”. Además de buen lector, Hugo fue muy amigo de los escritores. En una ocasión García Márquez me preguntó: “¿Por qué Hugo nunca me llama?”. Se conocieron en Cuba, en los años 80. Otro de sus amigos de esa época cubana fue el pintor ecuatoriano Osvaldo Guayasamín, a quien yo debía entrevistar en París y, estando con Hugo, me llevé la sorpresa de ver que se saludaban con un fuerte abrazo. A la literatura se unía su desmedido amor por el cine, que compartió con su amigo Gustavo Borja, hasta llegar a coleccionar en su apartamento una verdadera cinemateca. Todas las artes lo sedujeron, y por eso sus casas eran pequeños museos de pintura contemporánea, artesanía y cerámica precolombina.Hugo fue también un gran viajero y París una de sus ciudades favoritas. Ahí vivió por muchos años su gran amigo Alfredo Rey, compañero de otra de sus pasiones: la política. Acostumbraban ir a Montmartre a emular a los parnasianos y a arreglar el mundo, entre vinos de Pomerol y Saint Emilion, y alguna vez tuve que ir a rescatarlos. Pero la verdad es que Hugo se sentía en su casa en todas partes: Nueva York, Buenos Aires, Delhi, Madrid, Jerusalén, México DF, ciudades que visitó muchas veces con su esposa, Isabella Mejía. Las ciudades lo intrigaban y parecían llamarlo. Él acudía con absoluta naturalidad. Su hija María Leonor lo recuerda saludando con un apretón de manos a un anciano jefe masai cerca de Nairobi, a quien le dijo: “Mucho gusto, Hugo Restrepo”. O charlando con dos desconocidos en un tren nocturno de Moscú a San Petersburgo, o dejándose tratar por un curandero tibetano en Nueva Delhi cuyo remedio, infaliblemente, eran unas pastillas redondas que parecían (y sabían) a caca de conejo, o perdiéndose aparentemente para siempre en el multitudinario metro de Shanghai para luego aparecer, para sorpresa de su hijo Camilo, en el hotel, sin una sola arruga. Hugo viajaba por el mundo como si caminara por Cali, desde su casa en el Charco del Burro hasta el museo La Tertulia, al lado de entrañables amigos como Mario Paz, Carlos Ibarra o Jaime Jordán, y a todos lados llevó su buen humor, su alegría contagiosa y su buen espíritu, sus maneras respetuosas, su curiosidad generosa por los demás, su infinita solidaridad con la familia, de la que dan testimonio no sólo sus hermanos Toño y Diana, sino todos sus sobrinos. Por eso en cada uno de los lugares donde se detuvo dejó amistades, gente que lo recuerda y quiere del modo en que lo recordaremos quienes estuvimos cerca de él. Fue también un defensor entusiasta de la paz, que no alcanzó a ver concluida pero que apoyó hasta que tuvo fuerzas. Por eso la gran herencia de Hugo Restrepo, en esta hora triste, es la alegría ante ese maravilloso y frágil milagro que es la vida, con todos sus remolinos y curvas. Ahora él está en todos los que lo recordamos, y su memoria nos ayudará a seguir creyendo en todo lo que hace fascinante esta misteriosa disciplina que es el vivir. Y es así como lo despedimos, con una gran esperanza en los corazones.Sigue en Facebook Santiago Gamboa - club de lectores

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