Hemingway y Cuba

Marzo 24, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Ahora que Obama ya se tomó un mojito en La bodeguita del Medio, que inició sus discursos cubanos con versos de José Martí en español y concluyó con la frase “Sí se puede” (eso gritaban los hinchas de la selección de México jugando contra Alemania en el mundial de Francia 98), no puedo dejar de recordar al norteamericano más querido de la historia de la isla (antes de Obama), el que más aventuras literarias y vitales dejó, con su increíble y extraño apellido: Ernest Hemingway.El tema de Hemingway en Cuba ha inspirado muchos libros, miles y miles de páginas, pues es, junto a España, el París de los años treinta y el África de los safaris una parte clave del escenario y la geografía de este gigantesco novelista, cuyo proyecto vital parecía consistir en experimentarlo todo, sin límite. Recuerdo una frase genial de Cabrera Infante sobre el joven Hemingway en el hotel Ambos Mundos, al encontrarse con el fotógrafo Walker Evans: tras conocerse, se encerraron a beber ron durante “diez días que estremecieron a Bacardí”. Su habitación fue la 511, en la que escribió ‘Tener o no tener’, novela que le dio fama y que fue llevada al cine por Howard Hawks, nada menos que con Lauren Bacall y Humphrey Bogart.A partir de ahí Hemingway pensó que Cuba le traía suerte, así que usó 18.500 dólares del adelanto editorial de ‘Por quién doblan las campanas’ y compró Finca Vigía, en la zona de San Francisco de Paula, a las afueras de La Habana. Allí terminó la novela y escribió muchas otras, como ‘Al otro lado del río y entre los árboles’, ‘Islas en el Golfo’, ‘París era una fiesta’ y, sobre todo, su gran novela cubana: ‘El viejo y el mar’. Allí se conserva su enorme biblioteca (nueve mil libros), están las tumbas de sus perros y el esqueleto de su lancha de pesca, con el nombre de “Pilar”. Hemingway compró la finca cuando estaba casado con Martha Gelhorn, pero corre el mito de que una mañana, después de una larga juerga con equipos de producción de cine y actores, el jardinero encontró flotando en las aguas de la piscina los calzones negros de Ava Gardner, que había estado escuchando con Hemingway a Frank Sinatra en el bar del Hotel Nacional. Todo lo que el viejo Hemingway tocaba se transformaba en mito. Incluso, suponemos, esos calzones de encaje.En el límite de Centro Habana está el bar Floridita, donde bebía su daiquiri. Ahí inventó una forma de mezcla que se conoce como ‘Daiquiri Hemingway’: dos medidas de ron, una de limón y dos raciones de hielo frappé. También se lo recuerda en La Terraza, en la playa de Cojímar, donde hasta hace no mucho los pescadores contaban sus historias, por ejemplo que además de pescar en su lancha, Hemingway rastreaba y perseguía submarinos nazis entre las corrientes del Golfo. ¿Será cierto?Se fue de Cuba en julio de 1960, un año antes de matarse con una escopeta de cacería. Ada Rosa Alfonso, quien administra el legado y el museo de Finca Vigía (la viuda de Hemingway, Mary Welsh, la donó al Estado cubano), dice que si Hemingway se hubiera quedado en La Habana habría vivido muchos años más, feliz, pero que el FBI lo obligó a salir y a corregir sus declaraciones sobre Fidel y la Revolución, a la cual él calificó de necesaria. Tal vez ahora, con el regreso de Estados Unidos a la isla, esta finca y museo vuelva a convertirse en el punto de encuentro entre los dos países.

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