Graham Greene

Graham Greene

Junio 27, 2017 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

Me enorgullezco -no sin cierta vanidad- de tener en mi biblioteca 31 libros diferentes de Graham Greene. Hay ediciones en inglés de la Penguin Books, traducciones al español hechas por Edhasa, Caralt y Seix Barral, e incluso una joya: la primera edición de El americano impasible en The Viking Press, New York, 1956. Pero además de sus libros guardo en la memoria la genialidad de sus tramas y el recuerdo de sus personajes, esos hombres de corbata y maletín que se llaman por el apellido y que, en la cubierta de un barco o en la terraza de cualquier hotel, miran el reloj a las once de la mañana y dictaminan que es hora de tomarse un buen trago.

He conocido a muchos personajes de Graham Greene en la vida real y ante ellos siento siempre la misma curiosidad: ¿qué drama profundo esconden? ¿Cuál es la zona turbia de sus vidas? El último se llamaba Fergus Bordewich y era redactor de Selecciones del Reader's Digest. Estaba sentado en el bar del Hotel El Aurassi, en Argel, y observaba a la gente con una mirada que podía oscilar entre la ingenuidad y el temor. Bordewich no estaba allí para cubrir un evento político -como era mi caso-, sino para buscar historias, algo original que contarle a sus lectores. Al tercer whisky me explicó que en ciudades en las que se concentraba la atención del mundo era fácil encontrar fábulas ejemplares, pero que estas no se daban en los lugares de interés habitual. Por eso, con su teoría sobre los caracteres humanos, Bordewich había pasado la jornada en una dentistería del barrio de Bab-El-Oued, pero no había encontrado nada mencionable. “Mala cacería”, me dijo antes de irse, con la punta de la corbata metida en su cuarto whisky.

Así son los personajes de Greene, buenos perdedores, pues él era un católico de izquierda que consideraba el triunfo algo grosero. Buen perdedor es, por ejemplo, el sacerdote alcohólico y sacrílego de El poder y la gloria; o el arquitecto desencantado que decide confinarse en un leprocomio africano para redimir su alma en Un caso acabado; o el atormentado amante de Sarah en El fin de la aventura, una historia que le sirvió para sacarse una vieja espina de celos y desamor. Quienes sí ganan, en cambio, son los lectores, pues la rabia de Graham Greene, ese fastidio vital desde el cual escribió, lo llevó a sorprendentes prodigios de síntesis: “Sólo llora quien ha sido antes feliz”, afirma en Viaje sin mapas, “detrás de cada lágrima siempre se esconde algo envidiable”.

Es la bella tristeza de ‘Greeneland’, ese reino en el que los personajes, hombres silenciosos, están a punto de explotar por la culpa, por el horror de saber que han traicionado, como le pasa a Scobie en El revés de la trama, o por buscar un poco de dignidad que creen no tener, caso de Pyle en El americano impasible, preparándose en medio del alcohol y el sudor para las tres de la mañana, la hora en que más duele haber sido abandonado por una mujer. Pero a pesar de su crueldad el mundo de Graham Greene es atractivo porque es el único mundo posible: en él vivimos. Y Greene lo retrató como nadie, tal vez de tanto chocar, de tanto recibir sus golpes. “Un romántico siempre tiene miedo de que la realidad no colme sus expectativas”, escribió en Nuestro hombre en La Habana, y sentenció, con resignación: “Los románticos esperan demasiado”.

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