Feliz en 2016

Diciembre 30, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Presiento que mi viejo y postergado sueño de ser inmensamente feliz durante un año, sólo uno, podría cumplirse al fin en este 2016, siempre y cuando logre ajustar ciertas cosas. La idea no es tan complicada. Consiste sencillamente en hacer todo lo que me gusta hacer, de forma ordenada y sostenida, sin que ese terrible fantasma posmoderno del tedio surja en el horizonte; es decir, evitando al máximo que el tiempo de la vida sufra esa repentina desaceleración que inocula el tedio en la velocidad normal de las cosas y que, en consecuencia, nos hace creer que vamos por el mundo dando tumbos, sin rumbo alguno.He decidido, me digo, releer a los rusos. Quiero meterme de cabeza en la vida de los hermanos Karamazov, por ejemplo, y revivir el drama de Aliosha y la pregunta de Dostoievski por Dios. Todo esto me digo buscando desde ya en mi biblioteca esa vieja edición anotada de Cátedra, pero al encontrarla, ay, se hace evidente que hoy mismo estoy cumpliendo 50 años y que esa letra tan pequeña ya es absolutamente ilegible para mí, así que salgo a la calle, aún esperanzado, y me voy a dar una ronda por las librerías en busca de una edición con letra más grande, pero compruebo con horror que en todas -¡en todas!- Los hermanos Karamazov está agotada, y entonces me pregunto, ¿será este un típico fenómeno de locura colectiva?, ¿se habrá puesto el mundo entero a releer justo ahora las contriciones y culpas de Aliosha Karamazov?, ¿querrán todos ser felices en el 2016 como yo, del mismo modo?Aterrado por esa posibilidad decido ser original y cambiar a otra novela rusa clásica, y como tengo una edición reciente de Guerra y Paz empiezo a leerla, y ya estoy ahí, sentado en mi estudio en un cómodo sofá, invocando la felicidad que pienso alargar en los doce meses que ya comienzan; mis ojos discurren placenteramente sobre las primeras páginas, pero algo sucede, de pronto, y la conversación entre Anna Pavlovna y el príncipe Vasili empieza a difuminarse: esta vez las letras, como arañas, escapan hacia el vacío, y un invencible ataque de sueño se apodera de mí. Mis ojos se cierran como las compuertas de un submarino y a duras penas alcanzo a dejar abierto el libro sobre mi barriga mientras me recuesto en el sofá, pensando que tal vez no fue una muy buena idea empezar a leer a Tolstoi justo después de un almuerzo navideño.Nada de esto debe pasarme en el 2016 si quiero ser inmensamente feliz, como me lo he prometido, pues será el año en que leeré no sólo a los rusos sino toda la obra de Proust, que ya empecé la semana pasada, en francés, a razón de 20 páginas diarias según mi plan de lectura, un plan al que ya le debo unas 120 páginas de retraso, pero en fin, pienso nivelarme en el 2016, que será, como ya dije, mi mejor año, y para eso, para prepararlo a cabalidad, acabo de comprar también una hermosa edición en Gredos con las tres primeras obras de Nietzsche, pues en mi año feliz quiero combinar los clásicos de la novela con los de la filosofía, aunque debo confesar que, ahora mismo, en mi primer intento por recordar las lecturas universitarias de filosofía, con La genealogía de la moral, debí releer tres veces la primera página y no logré acabarla antes de que ya fuera hora de venir a sentarme a escribir esta columna de promesas y felicidad tanto tiempo postergadas, y que pienso cumplir en el 2016.

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