Exiliados

Septiembre 16, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

¿Cuándo comienza la historia del exilio? Esta experiencia es una de las más antiguas y pensaría que acompañó al ser humano en toda su existencia. Al menos desde hace 30 mil años, cuando esa comunidad humana de la que hoy todos sin excepción somos hijos, los Homo sapiens, salió de las llanuras de África y llegó a Europa, donde chocó con el Neanderthal y tal vez provocó su desaparición. En todas las épocas el hombre ha emigrado a lugares donde las condiciones son mejores. A veces solo, sorteando mil peligros, y a veces en grupo, como los desdichados ciudadanos sirios, que huyen de la calamidad de la guerra y encuentran, al cruzar fronteras, otras calamidades, aunque también ayuda, como la que ofrece Alemania, tal vez para lavarse un poco la cara después del bochornoso episodio con Grecia. Si el exilio es forzado -y no elegido, como fue el mío- todo es muy triste. Porque un exiliado, en el fondo, es alguien mutilado. Pocos tuvieron la suerte de transformar ese sentimiento en algo perdurable. El poeta turco Nizam Hikmet fue condenado al exilio y nunca pudo regresar a Estambul. Podía sentirse bien en otros lugares, pero seguía siendo un hombre mutilado.“Entré a Sofía un día de primavera, bella mía.La ciudad en la que naciste huele a tilos florecidos.Y todos me dieron la bienvenida.La ciudad en la que naciste es hoy para mí la casa de un hermano.Pero uno no olvida nunca su propia casa, ni siquiera en la casa del hermano. Duro oficio es el exilio, muy duro”.El Salmo 137 refiere al exilio por excelencia, el del pueblo judío expulsado de su ciudad. Sus versos hablan de la profundidad de esa pérdida.“Si yo te olvido, Jerusalénque mi mano diestra pierda su destreza y que mi lengua se pegue al paladar si yo perdiera tu recuerdo”.Las ciudades que reciben al exiliado abren sus brazos, pero se convierten en el espacio de la nostalgia. Espacio de plegarias que nadie escucha ni responde, de plegarias tristes y nocturnas. El exiliado no camina por la ciudad real sino por esa que lleva en su mente: cruza calles, entra a cafeterías, pero en realidad no está ahí, porque el exilio convierte a las ciudades en espacios invisibles.A principios de los 90, en París, conocí a muchos exiliados colombianos. Sobre todo políticos y económicos. Para ellos la idea de volver era un sueño imposible. Sus casas, apartamentos pobres de periferia, eran verdaderos templos de la nostalgia al punto que llegué a convencerme de que ellos, en el fondo, eran los verdaderos colombianos. Hay también otros exiliados, más cerca: los que no pudieron siquiera cruzar fronteras nacionales para huir, sino apenas municipales o departamentales. Son los desplazados de la violencia. ¿Alguien llora por ellos? Hoy las diferentes crisis del mundo han obligado a volver a muchos de esos antiguos exiliados. Algunos llegan con algo, como los que he visto llegar de España, pero otros vuelven con las manos vacías, como esos pobres que vi cruzando el puente Simón Bolívar hace unos días. No hablo de los deportados a la fuerza, cuya suerte es aún peor, sino de aquellos que decidieron por voluntad propia regresar al país. Para estos las posibilidades son ambas tristes: volver para volver a empezar muy abajo, o quedarse y sentirse mutilados, puede incluso que humillados. Tiene razón Hikmet: “Duro oficio, el exilio”.

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