En primera plana, la dura verdad

Enero 20, 2016 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Hace mucho que una película no me hacía sentir orgullo por la profesión de periodista. Con Spotlight o En primera plana (en español) vemos cómo perseguir la verdad e informar con absoluta rigurosidad sigue siendo el más válido principio del periodismo que merece respeto, más aún cuando se trata de una verdad criminal como la pedofilia, en la que la víctima, con el paso del tiempo, suele transformarse en victimario. Es como la mordedura de un vampiro o un zombie, que transforma en monstruo al herido. La película cuenta la investigación hecha por una sección del diario The Boston Globe (Spotlight) sobre los casos comprobados de pedofilia ejercida por sacerdotes de la arquidiócesis de Boston, y del modo en que los estamentos oficiales de la Iglesia los protegieron y ocultaron, lo que quiere decir, ni más ni menos, que la Iglesia fue cómplice de ese tremendo delito. Una investigación nada fácil en un entorno muy católico, en el que la arquidiócesis tenía un gran poder político y económico. Por esa denuncia el Globe recibió el Premio Pulitzer de periodismo en el año 2003, pero lo más importante fue haber generado una alarma global que llevó a investigar a sacerdotes de otros países, con terribles resultados, lo que precipitó a la Iglesia en una de sus peores crisis, al punto de que un hombre vestido con hábito y alzacuellos empezó a ser visto como un peligro público para los niños. Este escándalo, sumado a otros provenientes del propio Vaticano, llevó a la elección de un Papa reformista y arriesgado como Francisco, que está llevando a cabo una verdadera revolución en un mundo tan cerrado y opresivo como el de la Iglesia. No es exagerado considerar que toda esa renovación y esos cambios que aún hoy siguen en curso fueron una consecuencia de la investigación hecha por el Globe.Pero del mismo modo en que el diario fue valiente, también el director Thomas McCarty asume riesgos al filmar precisamente ese tema en una época como la nuestra. Acostumbrados a las consecuencias del fanatismo en el Islam, es como si McCarty quisiera recordarnos que también en el catolicismo se han cometido horrendos crímenes, y que, en suma, todas las religiones, a pesar de ser un espacio para ejercer la espiritualidad, también potencian y se contaminan de un lado muy oscuro del ser humano. Porque los sacerdotes son primero humanos y si bien su fe les impide una vida sexual normal, no por eso dejan de ser mamíferos y sentir deseos. A la represión de ese deseo lo llaman “pureza”, pero no logro imaginar nada más turbio que esas psiques maltratadas, donde la mente ordena una cosa y el cuerpo anhela lo contrario. ¿Quién vence?, ¿dónde aliviar esa humana urgencia? Algunos con mujeres, clandestinamente, o entre ellos mismos, en los seminarios, pero lo más peligroso es cuando el instinto triunfa en sacerdotes que están en contacto con menores, sobre los cuales ejercen una superioridad absoluta y que están a su merced. Este es el peligro más grande. Por eso la siguiente revolución de la iglesia debe ser la autorización a los suyos de llevar una vida sexual normal y sana. Esto no acabará con la pederastia, claro, pues no todos los abusadores de niños son curas, pero será un modo de combatirla en una de las congregaciones que, por su trabajo, tiene menos controles y está más cerca de la infancia.

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