El peligro literario

Abril 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Leo en la sección ‘Hace 100 años’ de un periódico nacional la siguiente noticia, referida al 27 de abril de 1915: “La Asamblea Departamental del Huila aprobó la ordenanza número 31, que determinó que a partir de la fecha la gobernación vigilará por medio de juntas de censura todas las obras que se vendan en las librerías o que sean para lectura en las bibliotecas públicas. Todo libro que atente contra las buenas costumbres, el orden social o la moral pública será destruido”.Ante esto me dije: ¡Cuánto ha progresado este país! Cabe decir, eso sí, que esta ordenanza huilense habla de los libros pero no exige que se castigue al autor, lo que es bastante moderno si se lo compara con 30 años antes, cuando el presidente Rafael Núñez, en 1886, pidió la cabeza de Vargas Vila a causa de sus críticas y escritos políticos.Del otro lado del mundo, en la década de los 30, el poeta ruso Ossip Mandelstam dejó para la historia una frase ingeniosa y brutal, refiriéndose a la URSS de esos años: “Este es el único país que da un valor tan supremo a la poesía: incluso matan por ella”. La repetía cuando se enteraba de la muerte de algún poeta en un campo de trabajo de la Unión Soviética, hasta que él mismo murió en uno de ellos, en Vladivostok.Las rígidas ideologías del Siglo XX, tanto el socialismo y el comunismo como el fascismo y las dictaduras militares, han sido particularmente duras con poetas y escritores. Ambas vieron en los libros un peligro que en el fondo no tenían y por eso persiguieron o desterraron a sus autores, desconociendo que la literatura, en el fondo, es frágil, y que nunca en la historia ha provocado grandes cambios en las naciones. Ninguna revolución que yo conozca partió de un poemario o de una novela, y la literatura, vista en su conjunto e incluso como gremio, tampoco cuenta con divisiones armadas como para derrocar un régimen. Mucho menos para detener una guerra. Lo he dicho varias veces por estos días, cuando se me pregunta qué puede hacer la literatura colombiana para acelerar la paz.Lo que sí puede hacer es cambiar a los individuos, uno a uno. Los miserables, de Víctor Hugo, es una escuela contra la injusticia y la opresión. Las novelas de Salgari y su héroe malayo Sandokán, lo mismo que el Diario de Ana Frank, son antídotos contra el imperialismo, el racismo, la xenofobia y el antisemitismo. El otoño del patriarca, de García Márquez, Yo el Supremo, de Roa Bastos, o La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, previenen a sus lectores contra la idea hoy anacrónica de un golpe militar y un régimen dictatorial uniformado. Nada nos indica que esos libros hayan provocado cambios colectivos, pero tampoco es imposible que algunos de sus lectores haya llegado a posiciones de poder y entonces sí podría escucharse su lejano tam tam. La pregunta sería: ¿son mejores los líderes políticos que leen literatura? Habría que mirar caso por caso, aunque yo diría que sí, pues cualquier persona que lee dispone de más armas para comprender la vida y la condición humana que una que no lee. Lo cierto es que destruyendo libros, arrestando a sus autores y en algunos casos incluso a sus lectores, esos regímenes oscurantistas y anacrónicos no hacieron más que convertir a la literatura en un tigre de papel, dándole un poder que en el fondo nunca tuvo ni ha tenido.Y que tampoco le hace falta.

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