El olfato

Mayo 23, 2017 - 11:55 p.m. Por: Santiago Gamboa

El olfato es la memoria más antigua. Una memoria que puede traernos recuerdos de otras vidas; incluso, si damos fe a las teorías de la metempsicosis, de aquellas que nos precedieron. En el ropero de mi abuelo, en medio de los sombreros, sobretodos y paraguas, estaba el olor de una Bogotá que ya no existe, anterior al 9 de abril de 1948. El olor de una ciudad que quedó destruida para siempre, en la que había algarabía y tertulias, en la que los señores daban la mano a las damas al bajar del tranvía y donde todos, o casi todos, conocían los poemas de Laforgue y Corbière.

Por ello el olfato ha sido siempre un aliado de la literatura. Y si no pregúntenle a Proust, que escribió su monumental En busca del tiempo perdido impregnado del aroma de una “madeleine”. Lezama Lima, el gran cubano, decía que el olfato tenía la virtud del intelligere, es decir de la pura comprensión poética, anterior al lenguaje. Por eso cuando alguien reconoce algo a través del olfato debe concentrar su mente: ¿Qué es ese olor? La respuesta puede llegar después de horas, días, o no llegar nunca. Una esquina oscura de nuestra mente reconoce. Esa búsqueda es el origen de muchos libros.

En El perfume, Patrick Suskind quiso llegar con el olor a la esencia del ser. Pero cada uno tiene el suyo, por eso olvidar a alguien es salir de su estela. El perfume de una mujer puede enloquecernos, pues es lo último que se olvida; la herida más profunda que casi nunca se cierra. Hay también esencias trágicas. En El amor en los tiempos del cólera García Márquez dice: “El olor de los almendros amargos le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. El sentimiento queda en el olor, igual que un nombre se impregna de la persona que lo lleva.

“Todas las ciudades tienen un olor”, dice Julio Ramón Ribeyro, y agrega: “A veces un hedor”. La Bogotá de hoy, por las mañanas, huele a carburante y a llanta quemada, y a veces ese olor quiere decir “peligro”. Madrid, en verano, huele a asfalto, a mariscos y a fruta. Roma huele a café y a piedra mojada. París huele siempre a miseria y esplendor, esa mezcla de perfume y sábanas sucias que concentra los sueños de quienes llegan repletos de ilusiones. De ilusiones perdidas. El olor de esa miseria impregnada en los abrigos asesinó a Lucien de Rubempré, el trágico personaje de Balzac. El mismo olor de la bufanda de Henry Miller cuando, en días tranquilos, se paseaba por Clichy. Allí las casas pobres huelen a coliflor hervido y las ricas a ambientadores exóticos. Hay una razón dialéctica de los olores. Ellos tienen también su lucha de clases. En la España de Franco el aroma del pachulí era un olor de izquierda. El agua de colonia, en cambio, era de derecha. ¿A qué huele el neoliberalismo? Tal vez a jabón antiséptico.

¿Y los poetas? Ni hablar de los poetas. Su viento, para ser viento, debe estar impregnado de olores. “He escrito un viento, un soplo vivo/ del viento entre fragancias, entre hierbas/ mágicas; he narrado/ el viento; sólo un poco de viento”, dice Aurelio Arturo. Y desde antes León de Greiff, licenciado en olores, le contesta: “El viento turbulento baja de los montes/ oloroso a cedros y robles;/ viene de los orientes avizores/ con aromas de Budha, saturado de sándalos y aloes”. ¿Y el futuro? ¿Qué olor tendrá el futuro? Ojalá fuera, alguna vez, un olor a rosas.

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