Días de Feria

Mayo 03, 2017 - 12:25 a.m. Por: Santiago Gamboa

Siempre es igual, año tras año desde que tengo memoria: la Feria del Libro de Bogotá coincide con un tiempo negro, gélido, y a veces con unos aguaceros y unos truenos que intimidan y acobardan. “¡Es que este es un país muy violento!”, le digo a los amigos extranjeros. Este año las lluvias torrenciales aún no han llegado, pero sí ese clima húmedo de las tardes y esos nubarrones cargados de presagios. Al mediodía, sin embargo, ha habido sol, ese sol de montaña que achicharra la piel de los blanquecinos (como yo) sin llegar realmente a calentar el aire. El pasado domingo, por ejemplo, con un lleno total de al menos diez personas por metro cuadrado, hubo chubascos y soles rotundos, todo alternado. La gente entraba y salía de los pabellones llevando sus libros a cuestas, como hormigas que acarrean pedacitos de hoja sobre los lomos. ¡Qué tenacidad la de los lectores! Hacia la una de la tarde el auditorio central estuvo a punto de colapsar. Mario Mendoza presentaba su última publicación, El libro de las revelaciones, y a pesar de que más de mil personas pudieron entrar, al menos otras quinientas se quedaron afuera y coreaban el nombre del autor, empujando las vallas de seguridad. Otro tanto se había instalado desde muy temprano frente a la caseta de su editorial, para las dedicatorias, lo cual se haría al término de la presentación. Pero la fila llegaba hasta la plazoleta central y cuando los mil y pico del auditorio salieron, encandilados por las palabras de Mario, chocaron con esa otra densa cola de lectores que les cerraba el paso y les impedía llegar hasta su autor. La Policía y algunos socorristas ayudaron, nerviosos. Luego supe que acabó de firmar dedicatorias a las ocho de la noche, al cierre del recinto de Corferias.

Aparte de los miles de lectores de Mario Mendoza, que por compartir un entusiasmo literario común le ponen buena cara al hecho de tener que verse aplastados en un espacio que los aprisiona, hay que sumar las otras decenas de miles de paseantes y lectores que decidieron pasar su domingo entre libros, entrando a esta o aquella presentación. Y la verdad es que ya no hay lugar. ¡Corferias se quedó pequeño! Todo parece chiquito. El pabellón de la editorial Random House, por ejemplo, tiene siempre una fila que sale a la plazoleta y llega hasta los torniquetes de entrada. La gente ya no cabe y a ciertas horas, para acercarse a un libro, hay que esperar a que otros se retiren, un río revuelto que, como es apenas lógico, ayuda a las mafias de ladrones de libros y a los ladrones a secas, los de celulares y bolsos y billeteras.

De cualquier modo hay que celebrar la gran afluencia de público, y eso que faltan los platos más suculentos de la Feria, como son los dos premios Nobel invitados: el angloindio V.S. Naipaul (recomiendo El enigma de la llegada), un genio de la narrativa de viajes, y el sudafricano J.M. Coetzee, un genio a secas (recomiendo Foe). No quiero ni imaginar cómo serán sus presentaciones.

Todo esto contrasta con los bajos índices de lectura de Colombia, pero claro, es que en la Filbo uno ve en simultánea y en el mismo espacio a ese 10% de personas que se interesan por los libros, una estadística que tal vez se mantenga a nivel de todo el país. Somos pocos, muy pocos en la extensa geografía de la nación, pero muchos para las pequeñas instalaciones de Corferias.

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