Destinos difíciles

Destinos difíciles

Marzo 27, 2018 - 11:40 p.m. Por: Santiago Gamboa

Cuando yo era adolescente, la clase media bogotana suspiraba con ir a Miami. En la publicidad se hablaba con arrobo de sus playas, por televisión veíamos a las hermosas rubias en bikini saliendo del agua y caminando por Ocean Drive, y tener un apartamento era sinónimo de ser rico y honorable. Cuando a una novia le preguntaban por la luna de miel, respondía con ojos transidos: “Vamos a ir a Miami”. Y eso quería decir: me caso bien, mi novio es un tipo prestante, activo y socialmente enérgico. Esto no era sólo en Bogotá. Un amigo decía que “Miami era el barrio más elegante de Barranquilla”. Por supuesto nunca fui en esos años, pues a mis padres, intelectuales y profesores de la universidad pública, no les alcanzaba el sueldo para eso y jamás se les habría ocurrido usar sus ahorros en un viaje de ese tipo. Así que para ir a Miami tuve que esperar más de 20 años, convertirme pacientemente en escritor y, por fin, ser invitado a algo llamado ‘Feria Internacional del Libro de Miami’. Fue en el año 2003. Debo confesar que me alegró poder conocer ese lugar, tan mitificado por la Colombia arribista, y algo del joven espíritu de clase media debió encenderse en mí, pues esperé con emoción la fecha del viaje.

Pero muy pronto esa imagen se hizo trizas. El aeropuerto me pareció una enorme terminal de buses, y al salir tuve la desagradable sensación de estar avanzando eternamente por una autopista periférica. ¿Dónde está la ciudad? No entendí nada. El hotel era de un rococó grandilocuente y lobo. Desde mi cuarto se veía el horizonte del mar, lo que me dio un poco de tranquilidad, pero el olor a húmedo que salía del aire acondicionado era francamente insoportable.

Mi única esperanza era esperar a Héctor Abad y salir con él a caminar o a beber algo por ahí, pero se retrasó un día. Al fin me llevaron a la Feria Internacional del Libro y descubrí horrorizado que era en una carpa, dentro del parqueadero de un centro comercial, o sea que para ir al baño había que caminar cerca de tres kilómetros. Di vueltas por las casetas de libros y todo me pareció frívolo: best sellers, revistas para el entrenamiento de perros, manuales de armas. Libros que parecían aconsejarle al lector: “Dios dijo auto ayúdate que yo te auto ayudaré”. Tuve la sensación de que el español tenía poco prestigio y que los hispanos de la ciudad lo que querían era ser gringos al 100%.
Por fin, al otro día, llegó Héctor, y como Vladdo vivía allá en esos años nos sacó a dar una vuelta. Lo turístico que vimos fue la casa donde se filmó ‘Todos locos por Mary’ y algunas mansiones de actores millonarios que me parecieron incluso más adefésicas que las de nuestros narcos locales. Luego fuimos a una fiesta organizada por la Feria donde lo único que había para tomar era cerveza al clima.

¿Dónde estaban las hermosas chicas en bikini? Lo que más vi, al pasear por la playa, fue esa increíble obesidad mórbida, construida a punta de desayunos con hamburguesa y coca cola. Nada bello que guardar en la memoria. Al final del viaje concluí que Miami era una especie de gigantesco Lagomar El Peñón, sólo que más caro y probablemente más lobo. Lo único bueno fueron unos zapatos marca Johnston and Murphy que Héctor y yo compramos, un par cada uno, en los saldos de un centro comercial que parecía más bien un depósito de saldos del futuro.

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