De galeones y naufragios

Diciembre 09, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

El descubrimiento del pecio del galeón San José podría ser, además del más grande rescate de patrimonio subacuático de la era moderna, el origen de uno de los más sabrosos debates históricos y legales de fines de 2015. Como ya es sabido, España piensa demandar su propiedad. Conozco la legislación de la Unesco, y el problema para nuestros primos europeos es que Colombia no ha suscrito la convención sobre Patrimonio Subacuático que ellos invocan. Y una ‘convención’ de la Unesco es sólo una declaración de intenciones entre los países que la adoptan, no una ley internacional que rige para todo el mundo.Así las cosas, España choca contra algo indisoluble y es la propia historia de América. Las actas de independencia y soberanía de las excolonias transformaron todos los bienes de la corona española en bienes de las nuevas y nacientes repúblicas: tierras, inmuebles, tesoros. Podemos suponer, entonces, que la independencia de la Nueva Granada también operó sobre el galeón San José, transformándolo en un bien republicano, y que por tal motivo, al estar hoy en el litoral nacional, le pertenece a la nación colombiana hija de esa primera república, lo mismo que las murallas de Cartagena, las iglesias de Popayán o la plaza de Bolívar, construidas por la corona española.Porque si dejamos de aplicar la lógica de la historia, entonces podríamos lanzarnos a un ejercicio de ficción que nos podría llevar muy lejos. Lo primero que habría que hacer es exigirle responsabilidades al Reino Unido, no sólo por el ataque realizado a una nave de la armada española sino por el ingreso no autorizado en zona marítima nacional. Inglaterra debería indemnizar hoy a ambas naciones (España y Colombia) y sobre todo a las familias de las víctimas, pues de una tripulación de 600 hombres embarcados en el San José, sólo sobrevivieron 11. Sé de buena fuente que entre los ahogados había varios Gamboas, pero hemos decidido mantener la prudencia y esperar que se conforme una comisión de la verdad que determine exactamente cómo fueron los hechos y de quién o quiénes es la responsabilidad, pues si bien es claro que los barcos ingleses del capitán Charles Wager fueron los atacantes, no es menos cierto que la temeridad del capitán español José Fernández de Santillán, al exponer tesoro tan grande y tantas vidas a sabiendas de que iba a ser atacado, es muy culposa. Un acto temerario y arrogante que también lo condena.Pero hay algo más importante aún: creo que lo oportuno, a la hora de negociar con España, es poner como primera condición que se devuelva a Colombia el Tesoro de los Quimbayas, regalado a la corona española por el presidente Carlos Holguín, que no era su propietario, y sin autorización del congreso. Un tesoro que no está en el fondo del mar sino en el Museo de América de Madrid, adonde debemos ir los colombianos -eso sí, ahora sin visa- si queremos conocer aquello que forma parte esencial no sólo de nuestro patrimonio cultural sino de nuestra más profunda identidad nacional. Por eso, si queremos hablar del galeón San José, queridos primos españoles, primero lo primero. Y después ya veremos, en el caso de que los saqueadores internacionales hayan dejado algo del galeón, claro está. Yo podría hasta darles de ñapa la ubicación de la balsa del apóstol San Pablo, que se hundió cerca de Chipre y que ya encontré.

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