Cuento navideño

Diciembre 23, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Esta historia -que rescato de mi archivo de ‘cuentos navideños’- tiene como protagonista a la tía de la escritora española Cristina Fernández Cubas, a quien se la escuché hace ya muchos años. Era una mujer mayor que llamaremos Rosario, aunque ese no sea su verdadero nombre, y que en un momento de su vida decidió irse a vivir a un pueblo de Andalucía. Rosario deseaba retirarse del ajetreo de la gran ciudad y para ello alquiló una casa solariega al frente de un viejo convento de monjas de clausura. Desde el balcón de su dormitorio veía la imponente casona de ventanas perennemente cerradas, con sus techos en teja de barro y, al fondo, una sección del inmenso jardín.El convento vendía bizcochos y repostería hechos por las monjas, así que un domingo por la mañana Rosario cruzó la calle y entró al recinto, curiosa por probar los dulces. Tras accionar un timbre fue atendida por una voz que emergió del otro lado de un torno de madera empotrado en la pared. Compró un paquete de dulces caseros y le parecieron óptimos, razón por la cual volvió el domingo siguiente, y así todos los domingos, hasta hacer amistad con la ‘monja tornera’. Dos años después Rosario era asidua, y tras poner los billetes de un lado y retirar sus dulces, se quedaba charlando con la monja en sesiones cada vez más largas.Así supo que la religiosa tenía 60 años, que había hecho el voto de clausura a los 15 pero que desde niña vivía en el convento, pues era hija de una cocinera seglar. Toda la vida de la monja había transcurrido dentro de los muros de esa casa, y a pesar de que recordaba cómo era el pueblo ya no sabía muy bien qué había en cada calle. Una vez Rosario le dijo: “Desde el balcón de mi dormitorio se ve su convento, Hermana, y una parte del jardín. Es muy bello”. Cinco años después Rosario le llevó un regalo. Era un libro de imágenes de España, con fotos de ciudades y de pueblos, con vistas aéreas del País Vasco, de las playas y las islas. Al cabo de unos días la monja le dijo: “Vivimos en un país muy bonito”. “Sí, es muy bonito”, le respondió Rosario, y agregó: “Hermana, cualquier cosa que necesite o que pueda hacer por usted, ya sabe que vivo al frente”.Siguieron pasando los años, tal vez otros dos, y un día de Navidad, por la mañana, alguien golpeó a la puerta. Al abrir, Rosario vio a una viejita con la cara muy arrugada, a quien no conocía, pero cuando saludó reconoció de inmediato la voz. Era la monja tornera.- Qué sorpresa, Hermana, ¿pasó algo? -dijo Rosario.- Usted dijo una vez que haría cualquier cosa por mí, ¿lo recuerda? -dijo.- Claro, Hermana. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?La anciana la miró a los ojos y le dijo:- Quiero ver el convento desde su balcón.Rosario la hizo seguir a su dormitorio y le abrió las puertas. La monja caminó hasta la barandilla y observó un rato, en silencio. Luego dijo:- Es muy bello, ¿verdad?- Sí, es muy bello -dijo Rosario.Hecho esto la monja bajó al primer piso, fue a la puerta y le agradeció a Rosario. Después cruzó la calle y regresó al convento. Tres años después murió y fue enterrada al fondo de los jardines, en el pequeño camposanto. Podría decir, antes de concluir, que también la literatura es un modo de ver la vida desde el balcón del frente. Pero mejor no lo digo.Que tengan todos una feliz navidad.

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