Con Héctor Abad, en Cali

Septiembre 02, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Todo el que aprecia la lectura conoce y ha leído a Héctor Abad Faciolince, de eso no tengo dudas, pero este jueves, en la biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero, los lectores caleños podrán además escucharlo en el marco del festival ‘Oiga, Mire, Lea’. Tendré el gusto de charlar con él sobre su última novela, La oculta, pero también de sus otros libros y de lo que se tercie, pues es un gran conversador y un crítico atento de la realidad del país. Mientras escribo esto, repaso sus libros en mi biblioteca.El primero suyo que leí fue Memorias de un hidalgo disoluto, en 1996. Me lo regaló en Budapest, donde nos conocimos hace casi veinte años. Me impresionó, en el libro, su increíble manejo de la primera persona, una voz narrativa muy audaz, divertida y retadora, en la que un viejo septuagenario colombiano, a la vez culto y procaz, cuenta con cinismo su vida y los ardores con su secretaria, Cunegunda Bonaventura, de enormes senos y gran mutismo. Al año siguiente, en 1997, llegó su Tratado de culinaria para mujeres tristes, que él mismo publicó, haciendo de nuevo una audaz incursión no sólo en el más íntimo ámbito femenino, sino en su pasión heredada por la cocina y, de paso, convirtiéndose en precursor de la edición independiente.Héctor escribe rápido, eso es un hecho incluso físico, pues estudió mecanografía en Medellín durante unas vacaciones. Tal vez por eso al año siguiente, en 1998, sacó a librerías su Fragmentos de amor furtivo, donde una pareja, asediada por la violencia de Medellín, decide encerrarse en una habitación a contar historias eróticas, en una suerte de Decamerón contemporáneo y paisa. Luego, en el 2000, vendría Basura, que obtuvo el premio Casa de América, en Madrid, de Narrativa Americana Innovadora, y que se forma de las historias que un fisgón recoge de la basura de su vecino, un escritor descreído que va botando al cesto todo lo que escribe.Llegado a ese punto, Héctor detuvo el ritmo del teclado y empezó a preparar la que sería su siguiente novela, una historia muy exigente que necesitaba de viajes, lecturas y profunda reflexión, y que yo considero una de sus mejores obras. Se trata de Angosta, publicada en el 2003. Tuve la dicha de presentarla en Bogotá, ante un auditorio repleto de amigos suyos que me hicieron comprender hasta qué punto la gente que lo lee con atención acaba queriéndolo, así no lo conozcan. Angosta, esa terrorífica ciudad de tres pisos económicos y térmicos donde los ricos viven arriba, en la zona fría, y los pobres abajo, en el calor (los calentanos), le permitió hacer una gran reflexión literaria no sólo sobre la exclusión social en Colombia sino en todo el mundo, pues si bien es metáfora de Medellín también lo es de la Europa opulenta (en esos años) y de muchos de los conflictos de la modernidad de entonces.De nuevo, tras un silencio de tres años, vuelve con la que sería su gran obra, El olvido que seremos, de la que poco puedo decir pues sé que todos la han leído, pero que nos permitió a todos vivir y experimentar en carne propia la muerte violenta del padre, y que supuso una catarsis para los lectores no sólo de Colombia sino de todo el mundo.Se me acaba el espacio y aún no he llegado a La oculta, así que, estimados lectores, los convoco mañana a la biblioteca para continuar allí, con Héctor y en vivo, hasta el final de esta columna.

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