Berlín, siglo XXI

Julio 22, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Europa es una palabra que se parece a Utopía. Y no es para menos. Conquistó la mitad del mundo con su pensamiento y soñó la igualdad dentro de la fraternidad, descubrió el potencial de la palabra libertad, distribuyó sus lenguas por todo el planisferio, imaginó e hizo revoluciones, habló del súper hombre y del imperativo categórico, teorizó la banalidad del mal y la ejecutó en los campos de Auschwitz y Treblinka, soñó la igualdad entre los hombres y denunció, como hizo Marx, el peligro del “enriquecimiento perpetuo”; imaginó con Kant el radikal Böse (el mal radical) y lo practicó un par de siglos después, durante el nazismo; descubrió el poder de la líbido mientras Freud trataba a sir Arthur Conan Doyle de su adicción al opio y se refocilaba con Lou Andreas Salomé (amante de ambos y de Nietzche); Europa inventó la catapulta y la penisilina, la forma del soneto y la ginebra, teorizó las leyes que rigen las relaciones de parentezco y aprendió a transformar la pata de un cerdo en jamón serrano. Extrajo de sus campos el vino y el aceite de oliva. Engendró en su seno a García Lorca y a los asesinos de García Lorca. Permitió la existencia de Rembrandt y de Caravaggio, maestros del claroscuro, y de Cervantes y Balzac, creadores de la novela moderna. Crió en su seno a alguien como Rimbaud, que transformó la literatura de Occidente pero escupió sobre Europa y la comparó con un charco de aguas pestilentes. Creó también a Hitler, el gran asesino, y a Walter Benjamin, la gran víctima.Este espacio humano ha girado, según la época, en diferentes ejes. Madrid fue el centro en el Siglo XVI, con el oro de América. Luego vino la primera globalización, que fue francesa y giró en torno a París. Más tarde fue Londres, centro del capitalismo y los tiempos modernos. ¿Y hoy? La mayoría de los jóvenes europeos van a Berlín. La Berlín hija de las ruinas de la capital del Tercer Reich es la gran capital de Europa en el Siglo XXI. Su esplendor atrae a todos y no sólo eso, también su sistema social, que es generoso y acoge a los europeos que llegan arrastrando historias de desempleo y falta de oportunidades.Es también el Berlín de Ángela Merkel. En la crisis griega se vio cómo ella es la presidenta europea en funciones. Alemania es el país más rico y por eso es el que manda. Organiza la economía global europea, legisla en la industria y el comercio. Dictamina sobre el euro. Los alemanes de hoy son hijos de ese espíritu de sacrificio y trabajo de la posguerra, cuando todos, tal vez para olvidar sus culpas y refundar el país, se rompieron las manos trabajando. La riqueza actual es el fruto de ese trabajo. Por eso ante una crisis como la griega, que los alemanes consideran resultado de la pereza y la corrupción, son inflexibles, incluso crueles. No la perdonan. Como dijo recientemente la directora de cine Margarethe von Trotta (casi un personaje de La marcha Radetzky, de Joseph Roth), “los alemanes habrían sido más generosos ante una adversidad producto de accidentes o calamidades naturales, como los terremotos de Nepal, que ante una crisis como la de Grecia”. Es el espíritu protestante de la culpa y el castigo. Pero según von Trotta, el peligro mayor es que el nacionalismo alemán, con el episodio griego, crece como la hiedra, y es muy posible y poco deseable que llegue a expandirse y sentirse libre. Por el bien de la querida Europa.

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