Arde París

Noviembre 18, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

He vivido ya dos veces en París, sumando entre ambas diez años, y una de las pocas cosas que sé es que jamás volveré a hacerlo, aunque la vida y los libros me lleven una y otra vez a ella. En la primera estadía llegué con una mano delante y otra atrás, un maletín y un número de teléfono, pero sobre todo con el furioso deseo de convertirme en escritor. Era el inicio de los años noventa. La novela en la que narro las peripecias de esos años duros y alocados comienza con la siguiente frase: “Por esa época la vida no me sonreía”. Y era verdad. Las dificultades parisinas me llevaron al límite, pero ese límite, en el recuerdo, fue una verdadera escuela. Tal vez una escuela militar, pero escuela al fin y al cabo.La segunda vez llegué como diplomático a trabajar en la Unesco, es decir que tenía un sueldo y disfrutaba de ciertas canonjías. Yo creía que llegaba la revancha, pero no fue así, para mi sorpresa. Si a principios de los noventa los propietarios de cuartos de servicio me colgaban el teléfono por ser colombiano -peligrosa modalidad de “extranjero”-, en el 2006 me colgaban por ser diplomático. Y esto porque los diplomáticos tienen inmunidad y no se les puede hacer juicio de lanzamiento. Me quedé de piedra. Sólo una marca de carros daba crédito a los diplomáticos, pero era mejor no tener, pues a los autos con placa CD les hacían rayones. A pesar de las dificultades conseguí un apartamento cómodo frente al Sena, en el Quai Louis Blériot, a la altura del puente Mirabeau. Cómodo para los niveles parisinos, se entiende, pues igual tenía unos baños tremebundos y ese color amarillento en las paredes que transmite al espíritu una helada sensación de dejadez y avaricia. El puente Mirabeau es un símbolo triste para la poesía. Se presume que de él saltó a las maternales aguas del Sena el poeta Paul Celan. Hay también un poema de Apollinaire que se llama Sobre el puente Mirabeau en el que dice, imbuido por el sentimiento de pérdida: “Cuán lenta es la vida, / ¡y cuán violenta es la esperanza!”.Pero la primera vez que fui a París no fue a vivir, sino de visita. Tan ansioso estaba que, aún habiendo llegado a las once de la noche a la estación de Austerlitz, recorrí a pie hasta el Arco del Triunfo, dándome un verdadero empacho de urbanismo, cultura y arquitectura. Desde entonces quise vivir en París, y fue allá donde me hice adulto: recibí mi primer cheque de sueldo, me casé y me divorcié, compré un carro a cuotas que luego vendí, alquilé un apartamento, descubrí el periodismo y fui incluso funcionario del Estado francés. También escribí, y estando allá publiqué mi primer libro. París acabó por darme las herramientas con las que pude construir la vida que ahora tengo.Por eso en estos días, al ver que la ciudad es atacada de un modo tan irracional, me viene la nostalgia de estar en ella. De pasear por el boulevard Voltaire hacia Republique (donde frecuenté un Hammam, nombre árabe del baño turco) sin sentir miedo, tal vez con algunos amigos árabes, como el poeta iraquí Kaddim Jihad, o el tunecino Abdelwahab Meddeb, y encarnar con ellos el espíritu de esa ciudad cosmopolita que une a latinoamericanos con maghrebíes, a africanos con asiáticos; esa ciudad alegre y retadora, iluminada y a la vez enferma de vicios, en la que tantas personas de todas las esquinas del mundo hemos encontrado un camino.

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