Amores culpables

Julio 08, 2015 - 12:00 a.m. Por: Santiago Gamboa

Escribir esto me llevará a la ruina, pero qué puedo hacer si aún hoy se me altera el pulso. Y no es para menos. Me dispongo a contar los secretos de mi primera relación de amor seria, y esto suponiendo, claro, que a alguien le interese, y sobre todo que mis lectores puedan ser clementes, ya que esta semana el escritor se impuso al columnista. Todo comenzó en el cine del recién inaugurado Unicentro, en Bogotá, al final de los años 70, cuando alguien con un concepto amplio de la cultura decidió programar en el cine el famoso musical del grupo sueco Abba. Por esos años yo era un adolescente de izquierda que se sabía de memoria Playa Girón y Ojalá, de Silvio Rodríguez. Leía a Marcuse y a Lukacs, descubría a Rimbaud y, sentado a mi mesa, intentaba -sin mucho éxito- comprender por qué el destino era “la cosa en sí”. Conocía de memoria los cuadros de Van Gogh y sabía el nombre de pila de El Greco. Recitaba por igual a León De Greiff y al Indio Rómulo. Aborrecía sobre todas las cosas las canciones de Claudia de Colombia y de algo llamado ‘Billy Pontoni’, y en cambio adoraba la salsa de la Fania, de Fruko y sus tesos y el vallenato de Escalona. Me consideraba un ecléctico.Mi novia de entonces me estaba dejando por un hombre mayor -ese fue siempre mi karma, ser joven-, y fue así que, buscándole un sentido a la vida, entré al musical de Abba, y lo que ocurrió fue una modesta revelación. Una epifanía joyceana. El mundo que dejé afuera, al entrar a la multisala, ya no fue el mismo. Por increíble y cursi que suene estaba enamorado de la rubia de Abba, y ahora el mundo giraba en torno a ella: Agnetha Fältskog. Esa noche, al acostarme, no pude dejar de pensar. La imaginé desnuda y arrebatada; vi su espalda sudorosa, sus piernas tersas, sus nalgas mirando a Constantinopla y su ombligo trémulo -como diría el poeta Carranza-; comprobé su condición de rubia natural, un Monte de Venus dorado, campo de girasoles o de trigo, de sorgo amarillo y no rojo, como el de mi compadre Mo Yan.Ahí empecé una doble vida: en la universidad era puro Ernest Cassirer y círculo de Viena, y en mi habitación, lejos de todos, un creyente arrodillado en el altar de Abba. Cada vez que, en el musical, Agnetha estiraba la mano hacia su público, yo la escuchaba decir, “ya voy por ti, espérame”. Y yo le respondía desde mi pobre esquina del mundo: “Te llevaré donde podamos ser felices”. Cuando el grupo se disolvió me sentí mal, pero así es la vida. De algún modo yo fui el Yoko Ono de Abba. Hace unos meses, en Estocolmo, visité el museo de Abba, pero la taquicardia me sacó al menos tres veces a respirar el aire nevado (a mi edad, el amor es sobre todo un problema cardiovascular). Las fotos de Agnetha pudieron conmigo y, finalmente, en la sala de trofeos, me senté a llorar. Eché de menos un libro de Paulo Coehlo. Grité, pero la sala estaba vacía. ¡Agnetha! ¡Agnetha! ¿var är du? Pero nada, sólo silencio. Un silencio ensordecedor. Seguiré esperando. Un día, cuando ambos seamos aún más viejos, entraremos caminando al mar, tras las huellas de Alfonsina, a buscar un espacio entre los corales contaminados, las mareas negras del petróleo y las carcasas de viejos barcos naufragados. Y ahí, ya sin palabras, esperaré con ella esa nada y ese olvido que hay al final de todo, al término de todas las vidas, sean felices o tristes, industriosas o pasivas.

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