Adiós, don Nicanor

Adiós, don Nicanor

Enero 24, 2018 - 12:22 a.m. Por: Santiago Gamboa

Ciento tres años, caramba. Así murió don Nicanor Parra, el poeta que, en términos de Roberto Bolaño, inauguró la modernidad en la poesía latinoamericana con su libro Poemas y Antipoemas. Pero quiero referirme a su extraña longevidad, pues Parra nació sólo una semana después que Julio Cortázar y a cinco meses de Octavio Paz. Con vidas normales, Cortázar murió en 1984 y Paz en 1998, lo que nos habla de la hazaña vital de Parra, de su ardorosa resiliencia contra los embates y peligros de la vida; y si aceptamos que los avatares de los poetas tienen explicaciones poéticas (no siempre es el caso), podríamos imaginar que a Nicanor Parra le fue dado quedarse más tiempo del lado de los vivos para ver, con sus propios ojos, cómo el rumbo de la poesía latinoamericana se fue acercando al suyo, que al iniciar fue un pequeño hilo, pero que luego pasó de largo, muchas veces ignorándolo, porque a Parra, hay que decirlo, ni siquiera el celebrado Premio Cervantes logró convertirlo en poeta popular latinoamericano, lo que dicho sea de paso no era ni podía ser.

La vida, con él, hizo la vista gorda. Quienes manejan esos extraños hilos, la burocracia clandestina de la muerte, había perdido su expediente. Como si se hubiera caído detrás del estante y, por eso, los funcionarios olvidaron su caso. Hasta que un día de semana, tal vez ayer, tal vez el viernes, alguien quiso poner orden y, al correr el mueble, apareció un viejo cuaderno lleno de telarañas. Imagino que en la primera hoja podía leerse: “Nicanor Parra, poeta, Chile”. Pasaron un trapo para retirar el mugre y quedaron sorprendidos. “Oye, ¿y ahora qué hacemos con este?”, se preguntó uno, y tal vez el de mayor rango le respondió: “Ah, pero eso es muy fácil po’ huevón, lo mandái llamar y ya”, esto imaginando que los que se ocupan de Chile, en esa extraña oficina de la muerte, son chilenos también, o al menos la mayoría. Tal vez porque la muerte de los chilenos siempre fue cosa de chilenos, como la de los colombianos de ídem.

Lo vieron, lo llamaron. Y Parra se levantó y salió, porque cuando a uno lo llaman no hay modo de resistirse o pedir un plazo. Hay que dejar inacabado lo que uno está haciendo (que es vivir) y acudir al llamado de la muerte. ¿Qué hacía Parra a los 103 años? Tal vez mirar con atención las nubes australes, o las olas del frío mar chileno, o conversar durante horas consigo mismo, en ese lenguaje que los poetas longevos van creando en soledad. Bolaño también dijo de él: “Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”, y agregó: “En cierta ocasión, Breton habló de la necesidad de que el surrealismo pasara a la clandestinidad, se sumergiera en las cloacas de las ciudades y de las bibliotecas. Luego no volvió a tocar nunca más el tema. No importa quién lo dijo: la hora de sentar cabeza no llegará jamás”.

El poeta ve más allá, dialoga e intuye el porvenir, pero tal vez Parra fue el único que se vio a sí mismo, en su propio porvenir, y no sabemos qué fue lo que vio y si hubiera preferido arrepentirse de algo. Nadie sabe cuándo va a morir, pero tampoco si su tiempo de vida va a ser excesivo. Tal vez ninguna de las dos opciones sea una buena noticia para nadie. Y nadie, ni siquiera los poetas vivos, sabe cómo es la muerte de un gran poeta. Yo creo, pero no lo podría jurar, que es como la muerte de toda la poesía.

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