“No temer a reclamar lo que es natural”

“No temer a reclamar lo que es natural”

Febrero 16, 2014 - 12:00 a.m. Por: Rudolf Hommes

En la columna de El Tiempo de las semana pasada me atreví a sugerirle a dos líderes de izquierda y a dos de derecha que condenaran cualquier intento de asesinar a los personajes más destacados del bando opuesto en la contienda política, no porque hubiera creído que ellos tienen algo que ver con las amenazas y los intentos de atentar contra la vida de los otros sino para prevenir que otros comentan esos crímenes amparados por la percepción de que sus líderes podrían estar de acuerdo con ellos. Tuve dudas de hacerlo por temor a que me respondieran que les solicitaba hacer algo que no es necesario hacer en una sociedad civilizada, en una comunidad cristiana, en un estado de derecho o en cualquier medio social en el que prevalezca el derecho natural. Cualquiera de ellos hubiera podido responderme eso, pero dos de ellos, Iván Cepeda y Fernando Londoño tuvieron la gallardía y posiblemente el buen sentido de acceder a mi solicitud condenando públicamente y sin titubeos cualquier intento contra las vidas de sus opositores políticos. Interpreto estas condenas públicas como mensajes a la sociedad de que es hora de dejar a un lado la barbarie.No vamos a tener paz ni progreso si nos acostumbramos a que las reglas que generalmente hacen vivibles las sociedades no aplican entre nosotros, o si se toleran comportamientos que no corresponden a una sociedad en la que prevalece el respeto por los demás y protege a sus miembros. En Bogotá, por ejemplo, algunas mujeres valientes han denunciado la manera como los hombres las han acosado en el Transmilenio, aprovechando el tumulto y la proximidad forzosa que se ven obligadas a soportar las personas que utilizan ese medio de transporte en las horas pico. El público no auxilia a las víctimas, ni la sociedad no se solidariza con ellas. Andrea Parra de la facultad de Derecho de la Universidad de los Andes dice que las autoridades cuestionan su pasado sexual o su forma de vestir o actuar. Esta situación refleja un irrespeto de toda la sociedad con sus mujeres y la insensibilidad de la mayoría de los hombres con algo que no les sucede a ellos, o por lo menos no les sucede habitualmente. Para cambiar la cultura del acoso sexual y la indiferencia con las víctimas les hace falta a los hombres avergonzarse con la situación, tomar cartas en el asunto y combatir esta otra forma de barbarie. Una manera de adquirir conciencia es imaginar que todos los días tuviéramos que levantarnos con la perspectiva de que en el bus alguien nos va a acosar. Lo que impone el orden y hace vivible la sociedad no es la fuerza sino la justicia. Por eso no se puede tolerar tampoco que el sistema judicial colabore con los jerarcas del crimen para facilitarles la fuga y hacer inefectivo el esfuerzo de la fuerza pública. Lo inusual en Colombia es que aunque los medios investigan estos hechos y los denuncian frecuentemente, ya casi nadie espera o exige que los jueces sean ejemplares o por lo menos cumplan con su deber sino que suponen lo contrario y actúan en consecuencia. Con ello hacen que el estado de derecho se convierta en un rey de burlas. No se puede continuar tolerando la barbarie y la corrupción por temor a reclamar y a exigir lo que naturalmente debería suceder pero no sucede en nuestro medio.

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