Hay que creerle al Gobierno

Noviembre 15, 2010 - 12:00 a.m. Por: Rudolf Hommes

Los funcionarios del Gobierno que llevan tres meses trabajando diligentemente para producir el Plan de Desarrollo que presentaron ayer, deben estar desencantados. A pesar de su importancia, ha sido recibido con escaso entusiasmo y su divulgación ha sido inadecuada. El día anterior al lanzamiento, ‘La República’ se lo atribuyó a una consejería de la Presidencia y no mencionó siquiera al DNP. Después del lanzamiento, ‘El Espectador’ le dedicó una columna en una página interior. ‘El Tiempo’, que desempeña implícitamente el papel de diario oficial, hizo un análisis aceptable (también ‘Portafolio’,), pero no le otorgó la importancia que le había dado, por ejemplo, a la política educativa. En ‘El Colombiano’ destacaron más la posible escasez de gas y la solidaridad de Fenalco que el Plan, y en ‘La Patria’ de Manizalez toda la atención de esa sección de economía la recibió el problema de Aerocafé en Palestina. El plan contiene las prioridades que el Gobierno les otorga a las distintas áreas y aspectos de las políticas que van a regir la economía en los próximos cuatro a ocho años y presenta metas concretas que se propone cumplir en cuatro años. Este es un esfuerzo meritorio y una muestra de seriedad y buen gobierno, pues dota a la opinión pública de elementos claros para juzgar los objetivos de la administración y de criterios cuantitativos que nos permitirán evaluar el progreso, la calidad de la gestión y de las políticas públicas adoptadas.El Gobierno se propone alcanzar un promedio de crecimiento anual del PIB en los cuatro años de la administración Santos de 6.2 %. Es una meta clara, fácilmente observable y difícilmente alcanzable, ya que desde hace tiempo el crecimiento anual no supera sino ocasionalmente el 5 % (4.6% en promedio entre 2001 y 2009). El plan del Gobierno anuncia que va a restituir un millón y medio de hectáreas a ciento ochenta mil familias, generar cien mil empleos rurales nuevos, sacar a 2.5 millones de personas de la pobreza, bajar el desempleo a un dígito, formalizar 350,000 empleos informales y crear 150,000 puestos nuevos para jóvenes. Se compromete a duplicar la red de carreteras de doble calzada y el esfuerzo en recuperación y mantenimiento de carreteras; y anuncia que va a construir 75,000 kilómetros de “caminos para la prosperidad”, en un momento en el cual el propio Ministro de Transporte no puede llegar a su ciudad natal ni por tierra ni por aire. Promete un millón de cupos nuevos en los colegios de primaria, cuatrocientos mil cupos en educación básica y media, y un gran impulso de la educación superior. Aspira atraer USD $13,000 millones anuales de inversión extranjera (en el primer semestre de este año llegaron USD $3,100 millones) y que las exportaciones alcancen USD $52,000 millones por año, lo que representaría un crecimiento anual del 8 o 9 por ciento. Estas son metas ambiciosas si se tiene en cuenta que el mundo no ha salido de la crisis, y que nuestra moneda se encuentra sobrevaluada en términos reales. Andrés Velasco, co-artífice del éxito de Michelle Bachelet en Chile y uno de los pocos ex ministros exitosos que vienen a dar línea (por lo general lo hacen los que no pudieron prevenir o causaron desastres en sus propios países) opina que los gobiernos no deben prometer programas difíciles de cumplir y que deben prepararse antes de lanzarse a hacer reformas. El futuro dirá si el Plan que nos ha propuesto el Gobierno cumple esos dos requisitos, pero no es un proyecto que podemos ignorar sin hacer todo lo posible para que se pueda cumplir lo que promete.

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