Economía y clientelismo

Economía y clientelismo

Septiembre 17, 2012 - 12:00 a.m. Por: Rudolf Hommes

En Colombia, los economistas han sido relativamente favorables al clientelismo, aduciendo que este es mejor (más barato) que el populismo. Pero el clientelismo, que reparte beneficios en forma arbitraria e inequitativa entre votantes a través de una maquinaria política que se queda con una buena parte de lo que se podría repartir, no solamente fomenta la corrupción en todo el sistema político. También es pernicioso para el crecimiento económico. Es un vehículo para ‘privatizar’ recursos que son públicos y que pasan a ser manejados y usufructuados por los políticos clientelistas. Estos recursos provienen del sector privado, vía impuestos y contribuciones que si no existieran podrían haber sido utilizados para aumentar el consumo o la inversión, con consecuencias económicas más positivas. En manos de los políticos la eficiencia de la inversión y el impacto económico del gasto pueden ser mucho menores que en las del sector privado o negativos. Cuando se les otorgan a los clientelistas cuotas burocráticas en las entidades del Estado o en las empresas públicas, el Estado no controla a esos empleados, que les responden a los que los hicieron nombrar, y las organizaciones pasan a trabajar para los objetivos de los políticos, que no necesariamente coinciden con los del Estado y frecuentemente son opuestas a ellos y al bien común. Por ejemplo, si la Superintendencia de Salud no se le hubiera entregado al clientelismo, el comportamiento de las empresas e instituciones del sector salud hubiera sido probablemente distinto y sus resultados y sus finanzas serían mucho mejores. En 2005, James Robinson publicó un artículo en el que sostenía, contrario a lo que afirman otros economistas, que Colombia no ha tenido un mejor desempeño por haber escogido el camino del clientelismo que el de otros países de América Latina que optaron por el populismo (aunque si ha tenido probablemente mayor estabilidad macroeconómica pero con menores logros distributivos). Y Salomón Kalmanovitz cita en un reciente artículo en El Espectador un comentario de José Antonio Ocampo que afirma “que el peor daño que le hace el clientelismo a un país es que impide que exista un servicio civil, y por lo tanto un buen Estado”. Creo que el daño es aún peor. El clientelismo ha sido una decisión consciente de las elites y es un mecanismo que se utiliza para comprar respaldo, preservar el sistema y debilitar a los adversarios políticos. A la luz de la nueva tesis de Acemoglu y Robinson, el clientelismo puede verse como una forma deliberada de extraer recursos para la elite y para sus colaboradores. Es por eso que no hay buen gobierno y también es una de las razones, quizás una de las más importantes, por las cuales el país no prospera tanto como debiera hacerlo. El país tampoco progresa hacia una organización política más moderna, competitiva y más igualitaria. La misma izquierda, que debería ofrecer otras opciones, no pudo resistir la tentación y creó su propia maquinaria clientelista depredadora en Bogotá. El clientelismo se ha refinado y está evolucionando a peores y más dañinas mutaciones. La forma como el actual Procurador llegó a esa posición, la manera como parece haber asegurado su reelección utilizando abiertamente como gancho la nómina de la Procuraduría y la posibilidad de que ocurra lo mismo cuando se elija un nuevo Contralor o un nuevo Fiscal, si no ha ocurrido ya, atenta contra la democracia y la separación de los poderes. Los tres se tapan con la misma cobija, y para favorecerse entre ellos debilitan a la democracia como cuando se confabularon para aprobar una reforma judicial indeseable e inconveniente.

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